14
May

¿Dictadura o democracia? El falso dilema
de la demagogia venezolana

Se puede considerar la demagogia como la acción de apelar a las emociones y miedos del público para ganar el apoyo popular. De igual forma, se entiende la paradoja del falso dilema como la labor de colocarnos dos opciones de respuestas como las únicas posibles, siendo casi siempre casos extremos en donde la elección de una u otra escapa de cualquier razonamiento posible, la “verdadera” respuesta viene dada a priori desde el propio momento de su formulación.

Ante la pregunta del político acerca de qué preferimos los ciudadanos, si un gobierno demócrata o un gobierno dictatorial, dudo que algún individuo salga a gritar a todo pulmón que desea con fervientes ánimos un gobierno opresor de las libertades y dictador a todas sus anchas, pero la respuesta no es tan simple como un “preferimos la democracia”; he allí la profundidad del asunto.

Todos podemos decir que preferimos la democracia. La cuestión está en qué tipo de democracia es la que preferimos. ¿La clásica democracia liberal-burguesa o la democracia popular? ¿La democracia representativa o la democracia participativa? ¿La democracia del voto a secas o la democracia realmente protagónica de los ciudadanos?

No faltará el argumento proveniente de la teoría de las elites en donde se nos dice que la población en general no está en capacidad para tomar decisiones importantes, que no se puede dejar en manos de los hombres y mujeres comunes las decisiones trascendentales de la política o la economía, pero la realidad es que quizás vaya siendo tiempo de empezar a democratizar la “democracia” misma. Como nos explicara el profesor Raúl Zibechi “cuando la desconfianza ocupa el lugar de la comprensión, no hay menor diferencia entre la derecha y la izquierda”.

 

No se trata de crear un nuevo modelo de oclocracia o que todas las decisiones políticas tengan que pasar por una asamblea de ciudadanos, pero sí se trata de abrir el ejercicio político a la participación ciudadana. No es posible que existan partidos “demócratas” que jamás han tenido una elección interna, por poner un ejemplo.

Con esto no intentamos justificar el fin de la figura del partido, pero sí asumir con responsabilidad que la mayoría de la población no hace vida política en ellos. ¿Esto se debe a que no son sujetos con conciencia política o a que es momento de replantear las formas de participación?

Me niego a pensar, de igual forma, que sea cierta la hipótesis que asegura que como el ciudadano común está muy ocupado pendiente de resolver sus problemáticas diarias no tiene tiempo para pensar en conceptos abstractos como la patria, la nación o la democracia.

¡Cuánto peligro en dicho argumento! Que en el fondo solo es una forma de cambiarnos la partición por el cogollo.

No se puede seguir viendo a la población como objetos inanimados que necesitan de la figura del político para crear sus propias subjetividades. Mientras en la mesa se sientan a discutir acerca de planes de captación, aguas abajo ya se sienten las corrientes independientes, la democracia participativa, real y protagónica que no necesitó nunca de ningún tutelaje, la que construyó sus propias costumbres: plurales, multiformes, alternativas, con economías contestatárias, con formas de justicia, religión y culturales propias. Cuando la legitimidad ocupó el lugar de la legalidad, la política tradicional perdió la batalla.

Entonces ¿de cuál democracia estamos hablando?

 

*Artículo publicado en la revista del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello: Politik UCAB el 14/5/15.