26
Nov

La derecha del siglo XXI ¿A qué nos estamos enfrentando?

Llego el siglo XXI y con él, el huracán bolivariano. Aires de transformación social que venían a parar, casi como aquel freno de emergencia que enarbolará Walter Benjamín la locomotora del neoliberalismo de los años 90’ en toda América Latina.

Así se instauro uno tras otros gobiernos de corte “progresista”, mientras otros hasta llegaron a plantearse la idea del Socialismo del Siglo XXI. Para una vieja derecha, que ejecutaba de tú a tú las políticas con Washington, era incomprensible el escenario actual: su visión conservadora era de tal magnitud, que veían en la nueva izquierda, un enemigo todavía “conservado” de la Guerra Fría, por ello utilizaban viejas consignas para desmontar hechos y situaciones, que hasta para los mismos actores de este nuevo polo ya habían quedado atrás.

Se trataba de una nueva época, un nuevo ALBA Nuestro Americano, en donde el Estado volvía a ocupar una función centra. Se volvía a hablar de soberanía en los recursos y el Estado volvía a cumplir su función en las garantías de bienestar social. En este panorama, esa vieja derecha no encontraba discurso valido que le permitiera acoplarse a los nuevos ritmos.

La formación militar del presidente Chávez permitió entender con una postura mucho más estratégica el tema de la geopolítica latinoamericana. Junto a las ideas de Fidel se funda un nuevo ALBA bolivariano; progresivamente saldrían a flote instituciones como la UNASUR y la CELAC; esa era nuestra forma de batallar contra lo que la globalización avasallante proponía: un mundo unipolar, hiperindividualizado y competitivo.

Pero nos olvidamos de los efectos más sutiles, más silenciosos, los que van causando mella en los procesos ideológicos colectivos: los procesos culturales de transformación. Esto, sumado al desgaste que implican 15 años de procesos de gobierno en la región, la falta de liderazgo claros que puedan seguir el proceso de transformación y la caída de los commodities, han abierto el camino a una nueva derecha: la Derecha del Siglo XXI.

Una derecha que supo reinventarse, de hombres y mujeres que se deslastran de las viejas políticas de sus partidos, que crecieron en la época digital, son la generación del marketing: la generación que entendió mejor que nadie como aplicar el “fin de las ideologías” a los jóvenes que crecieron viendo los reality shows de Tila Tequila, Flavor Flav, Jersey Shore y la Familia Kardashian.

Una generación que naturalizó en su día a día las cuestiones sociales que otorga un Estado de Bienestar; que no vivieron o eran muy jóvenes para recordar los procesos anteriores con los cuales se busca comparar los nuevos triunfos populares, que no tiene interés de escuchar largos discursos y discutir teorías, una generación que considera puede ubicarse más allá de la política, cuyo tipo ideal de calidad de vida es la capacidad de consumo que puedan permitirse.

Es por ello, que cuando escuchamos que irresponsablemente llaman a “La Salida” o hablan del “Cambio” de forma efímera, no clara, sin formas de construcción serias, más allá de la libre interpretación que le pueda dar cada ciudadano y elector, tenemos que estar conscientes que no es casual, que no es que no tengan un proyecto claro trazado, sino que así se lo aconsejan sus nuevos asesores. Asesores como Durán Barba o JJ Rendón, personajes de dudosa ética, pero asesores de casi todos los gobiernos o candidatos de derecha de la América Latina.

Para estos sujetos, donde la política es un performance constante, donde un show mediático vale más que la idea, donde las emociones son más validas que la razón; es decir, la demagogia pura, ya no se trata de discutir proyectos-país, ideologizados, fundacionales; sino de vender un producto que el mercado electoral quiera comprar.

Adictos a la pospolítica, aplican discursos en apariencias desideologizados, no llaman a los jóvenes militantes, sino voluntarios, apuestan a las ONG’s antes que a las organizaciones populares, se trata de tener el carisma necesario que satisfaga las emociones de la gente. Atrás quedaron los grandes actos de masa que ya no convocan, prefieren la individualización del elector, escoger estratégicamente una señora o señor mayor y tomarse la foto en el momento indicado. No importa si el candidato fue un patán durante todo el recorrido, o si en efecto en algún momento lo cumplió. Lo importante es el marketing de la imagen.

No obstante, individualizar al elector y homogenizarlo bajo <La gente> que quiere <El cambio> no es otorgarle una identidad común, ya que en estos discursos efímeros entran todo tipo de aspiraciones, el candidato lo sabe y por eso no se esfuerza mucho en encasillarse en uno, se trata de repetir hasta el cansancio frases “chic” repletas de lugares comunes.

A su vez, esto fomenta la competencia social a niveles abrumadores; al individuo ya no le importa el hecho que su vecino tenga cual o tal necesidad, lo que le importa es que sea resuelta la suya, regresamos a la sociedad de la competencia y para ello, los viejos mercados financieros tienen sus nuevos profetas o artistas pop de la política que hacen el producto más trivial, más digerible, más consumible y más desechable.

No se trata de un proyecto fundacional, donde existan reflexiones históricas o socio-políticas, se trata de lo que diga la encuesta y la estadística de los gustos del elector. El Estado Mágico de Cabrujas elevado a la supuesta satisfacción de las necesidades más banales del sueño americano: el carro del año o el teléfono de la última generación.

Para el gobierno de la pospolítica y la “buena administración” no se trata realmente de frenar la crisis nacional y buscarle salidas políticas. El fin último del nuevo político de la derecha es lograr impermeabilizar el mercado, inmunizarlo más allá de próximos conflictos políticos y que sea la gente misma, entrampada en un discurso del progreso para todos, que no explica quién asume los costos de ello, quien lo impulse.

Ante ello, existimos personas negadas a claudicar ante el fin de la historia, donde se pretende una sociedad de consenso entre el mercado, la política, las personas, la ciudad y el campo como que si el tablero de ajedrez de la vida no estuviese lleno de clases, conflictos, contradicciones y costos de oportunidad.

¡Nos negamos a un mundo donde las ideologías estén de mode! Donde se pretende tratar a los hombres y mujeres como objetos de la historia y no como sujetos históricos empoderados dueños de su suerte, creemos en un sujeto politizado, con consciencia social y regional, conscientes de los desafíos a los que se enfrenta.

Nosotros, en nuestra labor contra-hegemónica no podemos caer en el juego que propone la Derecha del Siglo XXI. Tenemos que asumir la vanguardia sin caer en la marketingtología, tenemos que aceptar que el Estado y los partidos políticos no son los únicos actores en el tablero, pero a diferencia de la propuesta de las ONG’s y un elector despolizatado, tenemos que fomentar la participación abierta y protagónica de las organizaciones populares.

Ante la crisis, no podemos pedirle a la gente que deje de imaginar el futuro y sólo defienda nuestros logros pasados. Tenemos que abrir el debate sincero de las condiciones económicas, escuchar a nuestras bases y garantizar que con nosotros es posible un mejor futuro. Poco servirá hablar de los males del neoliberalismo para quien no los ha vivido, no podemos olvidar que nuestra memoria ha sido la que nos trajo aquí, pero tampoco podemos regalarle el análisis del futuro a las nuevas políticas del mercado disfrazadas de lo cool.

Si una campaña franca, sincera, abierta al debate y la construcción de proyectos conjuntos de un país soberano, con bienestar social, y con proyectos regionales bolivarianos, que trate al elector como un sujeto histórico, empoderado y politizado, fracasa: tendremos que asumir con gallardía la derrota cultural e ideológica por el descuido propio, tras 15 años de proceso de transformación. Y los responsables, tendrán un juicio ante el pueblo consciente y ante la historia por haber comprometido de forma tan vil la Revolución Bolivariana y la construcción del Socialismo del Siglo XXI.