13
Feb

Te quiero, aunque mal pagues

A propósito del 14 de febrero, el tradicional “día del amor y la amistad” en Venezuela, vengo a contarles una historia de una profunda relación amorosa de años, cuyo uno de sus puntos más álgidos los experimente hace exactamente 6 años.

Para aquel momento, la relación se encontraba en una etapa tóxica, donde reinaban los excesos y el desenfreno. A los 17 años paseaba y caminaba la ciudad como si fuese solamente mía, y por mía, pensaba podía hacer y deshacer con ella.

Lo que más me enamoraba de esa chica tan linda, hermosa y experimentada que era Caracas, era precisamente lo que a todo el resto de sus habitantes les molestaba, la cara oscura de la luna: su falta de reglas, su ilegalidad rampante, sus noches completamente solitarias, donde me brindaba abrigo cualquier bar de mala muerte o cualquier plaza hasta las horas más insólitas.

La rutina era bastante sencilla al calor de una juventud nihilista: salir a experimentar la adrenalina de cerca, conocer el Guaire y las autopistas, estar siempre a un paso de la línea, que con frecuencia se tocaba y se traspasaba si hacías las cosas mal, del conflicto policial.

Era una relación marcada por la «velocidad», donde el principal ingrediente es que a medida que yo hacía algo malo en la relación, ella se vengaba peor y viceversa. Como toda relación donde el lazo libidinoso consiste en el maltrato mutuo y los excesos, los puntos de conflictos eran catastróficos.

Así, el 13 de febrero del año 2011, caminando en otra madrugada de licor y vandalismo, me sorprendió un carro blanco, donde cuatro sujetos armados me invitaban a dar un paseo. De este modo, en una de sus tantas venganzas, ella me devolvió, como quien envía a sus hermanos celosos a cobrar la deuda, un “secuestro express”.

Esto me hizo ver el rostro más oscuro de la ciudad.

Por la voz se trataba de tres adultos y un chamo joven, este último empeñado en utilizar la cacha de su pistola como interlocutor hacía mi cabeza y mis costillas. Sin embargo, mi actitud extrañamente calmada ante tan nefasta situación, como la de quien ignora el peligro, y por tanto, simplemente no le teme a lo que no reconoce, hizo que pudiera hablar con los secuestradores.

Y al comentarles que esa caminata que venía haciendo a esa hora no era una excepción, sino la regla de mi rutina, que realmente no tenía nada de valor que me pudieran quitar y que venía de tomar anís en una plaza y el plan era terminar amaneciendo en la calle (cosa que era mentira ya que estaba a una cuadra de llegar a mi casa) estos sujetos, muy amablemente entre cachazos y sermones de vida, me decían que si yo era de la calle, tenía que estar consciente que esas eran cosas de la calle, y que si colaboraba, así como me monte, me iba a bajar, la opción contraria consistía en un balazo en la rodilla y terminar nadando en el Guaire, el cual, irónicamente, conocía muy bien.

Me soltaron en la autopista a la altura de Plaza Venezuela, justo en el puente que años después recorrería para ir todos los días a la Universidad, con las llaves de mi casa y con una moneda de mil para el metro (aunque ya estuviese cerrado) que era entregada entre amenazas y buenos deseos de que pudiera regresar a mi casa.

Al salir corriendo, siguiendo las órdenes recibidas, en una ciudad donde el estar apurado –o desesperado- puede ser la situación más peligrosa de tu vida, alguien empezó a gritar “agárrenlo” asumiendo quién sabe qué de mi apariencia, que tuvo que haber sido el principal motivo para que desde un comienzo no consideraran llevarme de “paseo” los otros sujetos.

Tras seguir corriendo a pesar de los gritos que recibía, me abordo a toda velocidad una Montero dos puertas con dos sujetos al grito de “párate o disparo”.

Ante tan contundente advertencia decidí pararme en seco, mientras el copiloto de la camioneta me preguntaba a quien había robado. Al explicarle mi situación y donde vivía, los que podían haberme quitado la vida, ahora convertidos en buenos samaritanos se ofrecieron a llevarme.

Y ahí estaba ella, como quien hace cariños en la herida que causo con toda intención…

Tras pensar las pocas posibilidades que había que pudiese ser secuestrado dos veces en una misma noche, acepte montarme en la camioneta ¡dos puertas!. Donde el copiloto se bajó con una pistola a revisarme antes de dejarme montar.

Tras un denso interrogatorio, el joven armado me confesó que era policía, pero que estaba «rumbeando» de civil y que al ver las características de la situación, lo mejor es que no denunciara ya que probablemente los secuestradores también habían sido policías.

Al finalizar, me dejaron en la puerta de mi casa, y al parecer el secuestro exprees realmente resultó ser un “paseo” tal como me habían dicho al hacerme la invitación a montarme en el primer carro, donde no hubo llamadas de rescate, no hubo heridos y donde afloro una suerte de “solidaridad orgánica” de las personas que habitan en el mismo mundo, la cara oscura de la misma ciudad.

En aquel momento, lo sucedido sólo intensificó mi amor por ella, tras un par de días de descanso volví a invitarla a salir y en lo que sería otra noche de excesos me conseguí a los secuestradores ese día. Seguí caminando helado sin ver hacia los lados y entendí de la advertencia que me hacía.

Años después, tras un sin fin de experiencias parecidas, la relación cambió: ya no valoro sus excesos, ni me gusta su carácter adolescente de no cumplir ninguna norma, su noche no me parece tan atractiva y sus plazas ya no dan cobijo. La veo a lo lejos y nos sonreímos de manera sobria, como quienes con el tiempo reconocen que las caricias sólo eran heridas, sin embargo, se niegan a hablar mal del otro frente a un tercero.

En conclusión: te quiero Caracas, aunque mal pagues.