03
May

La constituyente partirá en dos la historia republicana

El primero de mayo del 2017, el presidente Nicolás Maduro hizo un llamado histórico a una constituyente como vía para reorganizar el Estado a través de un nuevo contrato social.

Un nuevo pacto social que parece necesario, dado la creciente tensión política que no sólo se expresa en las protestas de calle, sino en un conflicto de poderes abierto, donde el primer paso de la nueva Asamblea Nacional opositora no fue el de ejecutar su función legislativa, sino la intención expresa de sacar al Ejecutivo de sus funciones a través de diversas vías, en las que incluían en su momento una Asamblea Constituyente.

Un conflicto que ha ido subiendo de tono tras la declaración de desacato de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia y las posteriores sentencias 155 y 156 respectivamente, lo que llevó a la Fiscal General de la República a declarar la ruptura del hilo constitucional en Venezuela.

En términos políticos, la constituyente representa una oportunidad para abrir las puertas a un diálogo ampliado de la sociedad referente al modelo de Estado que desea, sin embargo, es inevitable pensar que en la actual coyuntura electoral, se trata de una práctica dilatoria del ejercicio democrático del soberano para postergar las elecciones de gobernaciones y alcaldías establecidas en la constitución.

Ahora, bien es cierto que la constituyente en si misma también representa un ejercicio democrático del soberano, pero esto sólo si la elección de los constituyentes se hace a través del voto libre, universal, directo y secreto.

En este sentido, la elección de los mismos a través de un método de 50/50, donde la mitad se pretende sean elegidos a través del voto territorializado y la otra mitad a través de sectores gremiales, el segundo método no sólo genera una desconfianza en cuanto a la claridad de las reglas de juego, sino que viola de facto el principio de la universalidad del voto.

A través de un discurso maniqueo de la integración de factores sociales gremiales, los cuales sin duda existen y hacen vida en nuestra sociedad, se obvia que estos factores ya participan como ciudadanos en términos amplios en el ejercicio democrático de unas elecciones universales, lo que además generaría una duplicidad del voto: uno como ciudadano y uno como factor gremial, un voto en las elecciones del gremio y un voto en la elección tradicional territorializada.

Elemento absolutamente innecesario, cuando en la práctica, cualquier líder gremial, podría participar abiertamente en las elecciones de su comunidad sin ningún tipo de impedimento. Asimismo, no queda claro la cantidad y composición de estos grupos, ni sus métodos para la elección de sus candidatos.

A todas luces, la decisión de gremializar el voto, parece una intención clara, más que de ampliar la participación ciudadana, una forma de garantizar un importante núcleo del chavismo en la discusión de tal proyecto constituyente, en el cual, según han expresado los voceros oficiales, no se trata de la creación de una nueva Carta Magna, sino más bien de mejorar algunos elementos puntuales de la actual.

No obstante lo expresado hasta ahora, la constituyente sigue siendo una oportunidad única de generar un debate absolutamente necesario de cara al Estado que se pretende en la Venezuela actual, un debate que no sólo polariza al chavismo y a la oposición venezolana, sino que genera posturas encontradas a lo interno de estos factores entre los sectores democráticos y radicales.

En este sentido, que la primera respuesta de la oposición haya sido la de no reconocer tal constituyente no ha de sorprendernos, aún cuando haya sido una de las alternativas propuestas por ellos mismos desde hace un par de años.

Ya que la hoja de ruta que ellos han planteado siempre ha sido la utilización de estas herramientas constitucionales, no como una forma de consenso entre fuerzas distintas, sino como una manera de lograr la conquista absoluta del Ejecutivo -por vías constitucionales o no- y a partir de ahí la generación de un nuevo pacto social que erradique al chavismo como postura política.

Ahora, el debate interno del chavismo tendrá otros tintes ideológicos y programáticos sin duda: hasta ahora, diversos sectores de izquierdas que hacen vida en el chavismo han optado por un pragmatismo existencial de cohabitación con la cúpula del proceso, que es a su vez la vanguardia simbólica del chavismo, aunque no necesariamente lo sea de manera real en términos estrictos de “continuación” de un legado o proyecto político.

Esta lealtad incondicionada ante todas las circunstancias, que ha llevado a estos sectores incluso a legitimar prácticas políticas contrarias a sus principios, han sido motivadas por dos hechos concretos: la plena conciencia de estos factores de la imposibilidad de existencia en un posible gobierno de la oposición venezolana en las circunstancias actuales de juego de suma cero; y al obstáculo que implica denunciar las prácticas erradas de la vanguardia política, sin que eso signifique una ruptura con respecto al proyecto político chavista en sentido histórico.

Estos sectores, a través del ejercicio constituyente, tendrán la oportunidad de dar el debate necesario no solo con los sectores de la oposición democrática –en caso que rompan con los sectores radicales e injerencistas- sino también con las posturas encontradas en el seno del proceso, aún cuando como hemos visto, las elecciones prometan una universalidad sesgada.

Es notorio, por las formas de organización a través del partido tradicional que ha tenido la oposición venezolana, que estos no podrían, al menos de manera directa, ejercer opciones reales en las elecciones gremializadas. Sin embargo, para el caso del chavismo, el conflicto es otro y radica entre las elecciones de la base y la cooptación del partido.

Si además de las circunstancias adversas, o al menos abstractas, y en detrimento del ejercicio democrático tal como lo hemos conocido hasta ahora, de las elecciones gremializadas, el partido decidiera cooptar o influir en los candidatos de estos, por encima de las elecciones de las bases (entendidas las bases como parte de esos sectores de izquierdas del chavismo que están en conflicto con las prácticas de la dirigencia política) como de hecho ya ocurrió en las elecciones legislativas del año 2015, a diferencia de ese momento, donde la respuesta se hizo escuchar a través del voto castigo, en esta oportunidad podría significar la ruptura abierta de estos sectores de izquierdas con el gobierno actual, sin que eso implique de ningún modo claudicar ante los postulados ideológicos y programáticos de la oposición, sino por el contrario, en reivindicación legítima de sus propios valores y programas ante una autocratización acelerada del proceso revolucionario.

Por tanto, podemos decir que la propuesta de la constituyente, planteada de la manera en que se hizo y en el contexto de una notoria escalada del conflicto político, partirá en dos la breve historia republicana de nuestro país.

Ya sea porque logre consolidar un proceso de reimpulso político de los procesos democráticos en Venezuela a través de una discusión profunda y abierta del modelo de Estado y gobierno que desean los venezolanos o porque estemos asistiendo a la corporización del Estado Neoliberal Militar. En ambos casos representa una oportunidad única de las izquierdas y sectores democráticos del país, ya sea para contribuir con el primer objetivo o para deslastrarse de manera definitiva del segundo proceso.