24
May

La constituyente fracasó antes de nacer

La constituyente pudo haber sido una gran oportunidad de diálogo nacional y de restablecer las reglas de juego ante la notoria escalada de violencia política. El costo del cheque en blanco era alto: una nueva carta magna en detrimento de la de 1999. Sin embargo, era un riesgo que valía la pena correr si eso significaba ponerle un fin temprano a lo que podría fácilmente convertirse en un escenario subversivo fatal y prolongado en el tiempo.

No obstante, ya advertimos en un artículo previo que su corporización y cooptación, en cambio, sólo servirían para ahondar en la crisis política e institucional que actualmente atraviesa la República.

Sus bases comiciales plantean una gremialización del voto que aparte de su triste antecedente histórico, son irrisorias para la democracia venezolana dada la poca sindicalización de los gremios, así como su innecesidad debido a que en unas elecciones libres, universales, directas y secretas, cualquier ciudadano venezolano podría elegir y ser elegido en igualdad de condiciones sin importar su “gremio” laboral.

Asimismo, es notorio el hecho de la aprobación apurada del mismo, cuando en escenarios adversos electorales, el principal motivo de la no realización de elecciones siempre habría sido el factor “plazos”.

Ante lo que digo, no me vengan a acusar a estas alturas de infantilismo de izquierda, comprendo la motivación política y el accionar de la realpolitik, pero también es cierto, como observamos ahora, que la aplicación salvaje de la misma puede terminar por volverse contra sí misma.

En este sentido, también es cierto, que el costo de una apuesta tan elevada como el de pretender realizar un nuevo pacto social, además sin legitimidad de origen en el soberano, probablemente fuese sido innecesaria de realizar las elecciones regionales en su debido calendario, con la misma agilidad y prontitud con la que se realizó la aprobación de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC).

¡Ah! Es que se convocaron también a las elecciones regionales…

 

En lo que pretendía ser un avance en la autocratización de un régimen autoritario cada vez menos competitivo, hay que saludar en buenos términos la convocatoria a las elecciones regionales. Sin embargo, no pasemos por tontos por estar de “apuraos”.

Sabemos que la intención viciada de anunciar elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente y elecciones para las regionales el mismo: al aceptar una, casi que por obligación, terminas por aceptar la otra, y por legitimar lo que nosotros sabemos que no corresponde.

De lo contrario, la respuesta maniquea ya ésta preparada: “¿No querían elecciones?” “Cuando ganan valen, cuando no, no” entre otras que todos conocemos y además, hemos utilizado.

Y las hemos utilizado principalmente porque son ciertas, nadie puede negar el mar de contradicciones en que nada la oposición desde que son oposición, pero no por las contradicciones de otros, vamos a venir a legitimar nosotros las nuestras.

Sin embargo, repito, hay que ver con buenos ojos la convocatoria de las elecciones regionales, no sólo porque significan una válvula de escape a la presión social avasallante, sino que además es lo que dictamina la constitución, la misma que pretende ser cambiada sin poder determinar a priori su resultado final a través de la ANC.

El tan necesario anuncio de las elecciones parece haber llegado tarde a la escalada del conflicto político venezolano

 

En un escenario de supuesta “calle sin retorno”, donde los sectores coherentes y democráticos de la oposición han perdido la capacidad de imposición en su propia agenda, la “resistencia” de claros tintes fascistoides, con el apoyo político y económico de una élite reaccionaria, se ha planteado el aniquilamiento simbólico y físico del chavismo.

A estas alturas, el conflicto existencial no admite paños calientes, sino la acción coherente y contundente del Estado en restablecer las reglas del juego político y apartar de una vez por todas, el escenario de guerra civil de baja intensidad que amenaza al país.