30
May

El Frankenstein de la oposición

Primer acto

Es viernes en la noche, las acciones de calle de la oposición terminaron hace horas, pero las estaciones de metro de Chacaito, Chacao y Altamira se encuentran cerradas. Algunas personas caminan vestidas de oficina, van en sentido este y oeste de la ciudad, en búsqueda de la próxima estación de metro abierta.

En Altamira, las calles circundantes a la plaza se encuentran cerradas con escombros y fogatas, los jóvenes que las mantienen encendidas no son más de treinta, no parecen del lugar, andan todos encapuchados y con actitud hostil.

Además, han instalado una especie de alcabala donde los pocos carros que se atreven a circular por el lugar, tienen que dejar la comisión respectiva en el «peaje».

Mientras, en una esquina de la plaza arde una unidad de transporte público.

La mitad de estos jóvenes encapuchados la observan en silencio, mientras sus ojos, tras la rendija de la camisa que sirve como máscara, brillan extasiados, como quien ha caído en un tenue hipnotismo.

El acto libidinoso es interrumpido por la explosión del tanque de gasolina de la unidad en llamas, que genera una corrida apresurada de los transeúntes ajenos al espectáculo y un alarido de celebración entre los encapuchados, mientras un par de fotógrafos profesionales retratan la escena con perfiles espectaculares.

A unos escasos 200 metros, 30 unidades motorizadas de Polichacao observan sin intervenir en aquel festival de hormonas y anarquía. Un par de funcionarios se acercan a la unidad de transporte incendiándose, no para apagarla, ni para evitar que los jóvenes encapuchados sigan extorsionando o destrozando bienes públicos, sino para tomarle fotos a la unidad antes de una segunda explosión…

Segundo acto

 

Es lunes, transcurren alrededor de las once de la mañana en una avenida principal y transcurrida del este de la capital, hay tráfico de vehículos y muchas personas caminan por las calles.

De repente, una serie de aplausos y gritos de apoyo rompen con la cotidianidad: se trata de un grupo de señoras, con camisas blancas y gorras tricolores, que lanzan vítores al grupo de héroes encapuchados que van sobre el techo de una camioneta de refrigerios recientemente robada con dirección a la autopista.

“Ahí va el futuro del país” le dice María -una de las doñas- a Carmencita. María, en sus espacios cotidianos tiende a hablar con desdén del irrespeto del Gobierno hacia la propiedad privada…

Tercer acto

 

Es miércoles, son las siete de la mañana y las camioneticas por puesto se encuentran particularmente llenas.

Andrés es un chofer experimentado de la ruta Carmelita-Petare, tiene cerca de unos 45 años, barba descuidada y un uniforme impecable.

El señor Andrés cuenta que el otro día cuando cubría su ruta en dirección este-oeste, al ingresar al municipio Chacao una horda de jóvenes encapuchados detienen la unidad de transporte, obligan a todos los pasajeros a bajarse, y con amenazas de muerte le indican al chofer que tiene que llevarlos con dirección a Bello Monte.

Andrés relata que si no fuese porque los jóvenes «olían a loco y estaban encapuchados», pensaría que iban a una fiesta, ya que en la unidad, “le montaron un poco e’ culos”.

Al darse cuenta de la actitud hostil de los muchachos, de los cuales presumía que se encontraban bajo el efecto de estupefacientes, Andrés decide idear un plan para no llegar a destino, ya que sospechaba que de hacerlo, la unidad por la que es responsable ante su verdadero dueño, sería incendiada.

Sin que la horda secuestradora se diera cuenta, Andrés poco a poco empieza a ahogar la camioneta, hasta que a la altura de la Castellana, divisa un grupo de Polichacaos a los cuales les empieza a hacer cambio de luces para que perciban la situación irregular, cuando Andrés denota que los polichacaos ya observaron la señal, decide ahogar por completo la camioneta la cual se detiene sin posibilidades de encender.

Para sorpresa suya, los oficiales de la policía al notar aquello, decidieron hacerse la vista gorda y no interferir, mientras el señor Andrés era bajado violentamente de su unidad bajo amenazadas de que la misma sería incendiada en aquel lugar.

Los jóvenes encapuchados, al intentar durante un par de minutos de manera infructuosa robarse la unidad, deciden abandonarla sin hacerle más daño que un par de golpes a los vidrios.

Andrés culmina diciendo que no le quedo otra que jugársela: “yo me encomendé a Dios, confié en el poder de la sangre de Cristo”.

Por cierto, Andrés era opositor y apoyaba las marchas, hasta ese día…

Cuarto acto

 

Kevin es un joven moreno de 17 años, está vestido de manera humilde, tiene un bolso tricolor y sostiene en sus manos una bolsa de chupetas, un pote plástico con bombones baratos y una caja de «palitos». Como supondrán, Kevin se dedica a vender chucherías de manera itinerante en la calles.

Al escuchar al señor Andrés hablar del secuestro de su vehículo, comenta que “mientras Nicolás (Maduro) está en su casa, Altamira es un negocio”.

“Mira -dice con seguridad el joven- esos de las alcabalas de Altamira son unos guarichos de por la casa, te estoy hablando de 85, 90mil bolos diarios en esas alcabalas. Yo los veo y coño… Pero prefiero trabajar honradamente con esto”.

 

*Los nombres son ficticios, pero las historias son reales.