19
Sep

El monopsonio es un suicidio

A finales de agosto, un grupo de asesores económicos del Ejecutivo publicó un artículo titulado “¿Qué hacer? Propuesta de medidas inmediatas en defensa de la República y los derechos socioeconómicos de la población venezolana” donde se proponía una serie de medidas para solucionar la grave crisis económica que viene arrastrando el país desde hace al menos tres años.

La radicalidad de las mismas, están justificadas en el supuesto de que la situación que se vive en Venezuela hoy, es la de una guerra económica sostenida contra el proyecto bolivariano, por ende, la peor opción que se podría tomar en estas circunstancias según estos analistas, sería la que pretenda “ceder ante los chantajes de los poderes económicos”.

Por el contrario, la solución que se plantean es avanzar hacia un control absoluto del Estado en todos los aspectos posibles e imaginables en detrimento de una burguesía en apariencia malvada y conspiradora, lacaya del imperialismo norteamericano. En este sentido, se trazan propuestas como “orientar el petróleo que actualmente se le vende a Estados Unidos de América hacia nuestros aliados euroasiáticos, lo que podría incluir la modalidad de trueque por bienes esenciales”.

Medidas como la anterior, demuestran un desconocimiento de elementos claves de nuestro modelo económico rentista petrolero. Veamos por qué:

  1. En primer lugar, los barriles de petróleo que son vendidos a los EE.UU en la actualidad representan al menos el 49%[1] de los ingresos de caja de PDVSA, que debido a la caída en la producción, se ven cada vez más reducidos. Además, de eliminar estos ingresos de un momento a otro, Venezuela dejaría de percibir USD 30.709.878 diarios, mientras que la pérdida anual se elevaría hasta USD 11.055.556.000[2].
  2. En segundo lugar, una medida como esa representa una negación absoluta de las definiciones fundamentales de la economía, como lo son el concepto de renta de la tierra y sus diferentes tipos. La renta diferencial primera o de tipo I, según como la describe Marx, es aquella que permite al propietario de las mejores tierras obtener una ganancia superior al resto de los terratenientes, basándose en las mejores condiciones que presenta la tierra, la cual es un medio de producción no reproducible. Mientras que la renta diferencial segunda o de tipo II es aquella que se produce por nuevas inversiones de trabajo y capital en la misma tierra[3]. En el segundo caso, las tierras menos fértiles ya no están determinadas por sus propiedades naturales, sino según su nivel de inversión de capital. En otras palabras, la primera proviene de la aplicación extensiva de capital sobre la tierra y la segunda de la aplicación intensiva del capital sobre la misma tierra[4].

 

Sin embargo, ambos tipos de renta pueden ser influenciadas por otra variable, en este caso, el fenómeno viene dado por un factor externo a la renta y está muchas veces relacionado con la proximidad de la tierra[5] de uno de los terratenientes al mercado, debido a la inferioridad del costo del transporte en el traslado de la mercancía hacia el mercado de uno sobre el otro, sumado a factores eminentemente geopolíticos[6].

Este fenómeno puede darse aun cuando sus tierras presentan las mismas condiciones e incluso la misma inversión de capital, hasta puede darse el caso de que sea aplicada a favor de terratenientes con tierras menos productivas y con menos capacidad de inversión en detrimento de propietarios de la tierra con terrenos más productivos y con más capacidad de inversión.

En el caso venezolano, la productividad de la tierra es compensada por la cercanía de los mercados de EE.UU, sin que en el argumento de los asesores mencionados medie un sólo dato o gráfico que pruebe lo contrario o al menos la viabilidad de su proeza. ¿Será que estos asesores asumen que torcer al hegemón es simple cuestión de voluntad y no de condiciones objetivas?

Con todo, el verdadero objetivo de este artículo es analizar de manera detallada las propuestas 11, 12 y 13 en materia de precios y abastecimiento que realizan estos asesores, las cuales dicen lo siguiente:

“11. Decretar el monopsonio estatal obligatorio en los bienes esenciales, a fin de dotar al Estado de poder de negociación del precio de los mismos con los monopolistas que controlan su importación, producción, distribución y comercialización.

12. Fortalecer los mecanismos de distribución directa o programada de alimentos y otros bienes esenciales.

13. Iniciar, tomando como base las empresas públicas, de la economía comunal y las pequeñas y medianas, un proceso de sustitución de importaciones privilegiando bienes e insumos esenciales para la población”.

 

Estas medidas, serían explicadas a mayor profundidad por el analista económico Luis Gavazut en otro artículo titulado “Monopsonio estatal obligatorio para torcerle el pescuezo a los monopolios“. Gavazut, después de aclarar que “el monopsonio es un mercado donde hay un solo comprador o demandante”, escribe una serie de apreciaciones del caso venezolano, las cuales vale la pena discutir. Veamos:

Lo primero que se observa es que Gavazut confunde la propiedad de la tierra que permite al Estado terrateniente captar internacionalmente la renta, con el “derecho exclusivo a la explotación”, siendo el segundo un derivado de la primera. Por ello, el derecho exclusivo a la explotación puede ser cedido en última instancia por el Estado terrateniente, como en efecto ocurre en la creación de empresas mixtas, sin que esto implique un cese del goce de la propiedad sobre la tierra que le permite la captación de la renta.

Lo segundo, es que Gavazut confunde una tendencia histórica con una ley natural al decir que el derecho exclusivo de explotación -que en realidad es la propiedad de la tierra- en manos del Estado se traduce en un reparto social de la renta, cuando en realidad, el Estado terrateniente no está obligado por ninguna ley natural a repartir la renta captada de una manera determinada, más allá de garantizar el mínimo ciclo de reproducción de capital del eje rentístico.

De ahí, se hace un salto espurio al pretender comparar de manera automática el monopolio de la tierra con el monopolio comercial, lo que deriva en la conclusión de Gavazut de asumir que la fijación de precios de los productos esenciales de la cesta básica, están determinados por la simple renta de monopolio. El error garrafal que se comete en este caso, es comparar bienes no reproducibles como sucede con la renta de la tierra y bienes reproducibles por el hombre, como sucede en el caso de los productos fabricados por el Grupo Polar.

En este aspecto, Juan Bautista Fuenmayor al hablar de la composición de los precios del sector industrial dice lo siguiente:

“El precio de las mercancías se determina por la técnica media empleada en la producción. Es decir, las mercancías no se venden por el precio de producción de las empresas a quienes ha costado más caro, ni tampoco por aquellas a las que ha costado más barato.

En la agricultura el precio de los productos agrícolas se determina por el precio de los productos de aquellos fundos donde la producción es más cara”[7]

Una vez se erra en la génesis del análisis, sus conclusiones inevitablemente no pueden ser sino completamente inversas a la realidad. En este caso, la conclusión de Gavazut, determina que el monopolio comercial es el culpable, tanto de la inflación como de la carestía de los productos de bienes esenciales en nuestro país.

Pero, lo más grave en realidad, es la tendencia que se hace transversal en el análisis tanto de Gavazut como de los otros asesores, de asumir que lo anterior se trata de un problema político y no económico. Que la crisis resulta de la voluntad de una serie de burgueses malos y no de las condiciones específicas de la base económica del país.

Llegado hasta aquí, habría que preguntarnos desde el análisis marxista de la economía, sí ¿Es la estructura económica una expresión de las directrices políticas o son las directrices políticas la expresión de la base económica? Al confundir los conflictos económicos con disputas morales, estos autores terminan por asumir que hay burgueses buenos y burgueses malos, monopolios buenos y monopolios malos, monopsonios buenos y monopsonios malos.

Pero además del monopolio, según explica Gavazut, aunque no muestre una sola cifra que demuestre el argumento, el Grupo Polar también ejerce el monopsonio, en particular del cultivo de maíz. Para debatir esta explicación habrá que citarlo en extenso:

“Los productores de maíz se ven forzados a venderle al monopsonista porque este impide que otros compradores potenciales tengan opción real dentro del mercado. Los productores agrícolas en Venezuela saben bien lo que se está hablando aquí. Cuando el monopsonista desea obtener para sí toda la producción agrícola disponible en el mercado, coopta a los productores ofreciéndoles un precio que ningún otro comprador puede ofrecer, favoreciendo solo ilusoriamente a los productores, los cuales luego ven cómo ese mayor ingreso se convierte en sal y agua al tener que pagar el precio en los anaqueles que impone el monopolista en los productos de consumo final”

 

¿Por qué los productores de maíz se ven supuestamente forzados a venderle a un determinado comprador? ¿De dónde sale el poder de veto del  “monopsonista” sobre otros compradores? ¿De dónde sale semejante argumento inflacionario?

Como podemos observar, Gavazut no responde ninguna de las preguntas anteriores, por el contrario se queda en la dermis del conflicto, reproduciendo una lógica de defensa del pequeño capital ineficiente –del que hablaremos más adelante-, convirtiendo el problema en un asunto prácticamente moral entre el burgués malvado y la supuesta inocencia de la que padecen los campesinos de nuestro país por querer venderle sus productos al mejor postor.

A nuestro juicio, si diésemos por cierto el supuesto de que el Grupo Polar monopsoniza el mercado del maíz, elemento que ponemos en duda por no contar con los datos necesarios, no podríamos partir de explicaciones extraeconómicas como pretenden estos investigadores, sino de la formación de la tasa de ganancia que permite al Grupo ofrecer precios más competitivos sobre el de los capitales más ineficientes.

Si, en efecto, el Grupo Polar fuese un monopsonio ¿Por qué supuestamente intenta pagar más por el maíz en vez de pagar menos? ¿El problema es que el Grupo Polar es el único comprador o que es la única empresa cuya tasa de ganancia le permite ofrecer precios competitivos?

Habría que preguntarles a los productores agrícolas de Venezuela, esos que se mencionan sin ninguna referencia directa de sus declaraciones, sí, primero, efectivamente venden única y exclusivamente toda su producción al Grupo Polar. Segundo, en caso de que fuese cierto la primera premisa, si esta decisión se debe a una suerte de poder coercitivo y extraeconómico o debido a ser la mejor oferta del mercado.

Sólo un traslado errado de la teoría del monopolio a la práctica concreta, puede hacer creer que el monopolista comercial fija precios siguiendo únicamente la fuerza de su voluntad, sin fijarse si estos se encuentran por encima del precio de producción como requerimiento mínimo y por debajo del precio de mercado en condiciones de ganancias extraordinaria y de competencia real.

Si contrario a ofrecer precios que respondan a su estructura de costos, estos capitalistas subieran el precio de manera especulativa por simple voluntad ¿Por qué no se ha visto un aumento de la inversión local y/o extranjera en un área que permite tales ganancias extraordinarias? La respuesta es sencilla: o no existe tal ganancia extraordinaria o de existir, es permitida y protegida por el Estado.

Si la respuesta fuese la primera, comprobaremos que no existe tal figura especulativa en el país, si la respuesta fuese la segunda, comprobaremos que el Estado en Venezuela ejerce un proteccionismo a favor de los capitales más ineficientes, lo que se traduce, contrario a lo que piensan nuestros investigadores, en que la intervención del Estado no se da pura y perfecta per se y que de incrementarla sin planificación, sólo por el simple hecho de oponerse de manera maquinea al mercado, podría contrario a solventar nuestros conflictos económicos, seguir profundizándolos.

Si cavamos en el análisis que hace Gavazut acerca del monopsonio comercial en nuestro país, veremos que el siguiente argumento que esgrime gira en torno a la defensa del pequeño capital ineficiente. Y aquí es importante detenernos, porque esta línea de investigación es un eje transversal de varios análisis de las izquierdas contemporáneas. Veamos qué dice nuestro autor:

“Típicamente, un monopsonio comercial es perjudicial para los pequeños y medianos productores, porque el precio que paga el monopsonio por sus productos es muy bajo, llevándolos a la quiebra.”

 

Aquí, a nuestro juicio, se encuentra una de las principales falencias del análisis de Gavazut. La existencia del monopsonio, tal como está planteado en este párrafo, permite demostrar que en el mercado asisten diversos capitales a competir, lo que eliminaría la teoría misma del monopsonio, además, lo que se quiere describir como un fenómeno anómalo del funcionamiento del capitalismo, es de hecho su norma: la quiebra de los capitales menos productivos. Si las empresas que tienen una mayor concentración de capital, pueden ofrecer mejores precios, no se debe a una cuestión de simple voluntad, como ya hemos dicho antes, sino a una mayor productividad y tasa de ganancia.

Gran parte de los asesores y ejecutores de los proyectos socio-productivos de nuestro país, se han empeñado de manera sistemática en otorgarle un rol histórico que no tienen, no han tenido y no tienen capacidad de tener, a los pequeños y medianos capitales, inclusive han pretendido darle una labor casi liberadora a la llamada “burguesía nacional”.

Estos sectores, cuyos niveles de productividad son ínfimos, sólo son capaces de sobrevivir en el mercado gracias a las transferencias directas e indirectas de renta que les hace el Estado. Esto quiere decir, que estos capitales, que en condiciones normales deberían desaparecer por la vía de la competencia, son mantenidos como capitales normales, a veces con tasas de ganancia superiores a las de los países desarrollados, únicamente a costa de la transferencia de recursos del Estado. Este tipo de políticas, no solamente se presentan como erradas, sino que incluso llegan a ser reaccionarias. El pequeño capital no sólo explota de igual manera al obrero asalariado, además, se posiciona como la fracción con menos capacidad para desarrollar las fuerzas productivas[8].

Gavazut, al comparar de manera automática el monopolio de la tierra, cuyos bienes no son reproducibles por el hombre, con el monopolio comercial, cuyos bienes si son reproducidos por el hombre, comete un doble error.

Por una parte, asume que el Estado también puede ser monopólico en áreas comerciales, sin saber que su condición monopólica en la captación de la renta de la tierra le viene dada por su propiedad. Por la otra, traslada de manera automática este poder monopólico de la renta, basado en la propiedad de la tierra, a un supuesto poder monopsólico basado en factores extraeconómicos, de tipo político. En este sentido, asegura que “siendo el Estado el único comprador, puede sentarse de tú a tú con el monopolista y negociar el precio”.

Así vemos que se asume una postura donde se nos plantea un Estado corporativo, más cercano al fascismo que a cualquier posición revolucionaria, donde el precio, de nuevo, es determinado por una serie de factores extraeconómicos, de tipo político y no entorno a las variables estrictamente económicas.

A diferencia de lo que sucede en la simple renta de monopolio, donde el propietario de la tierra puede retirar su producción como una forma de negociar los precios, dado que sus productos naturales no son reproducibles por el hombre, en el caso industrial, los productos si son reproducibles, por lo que están sujetos a variables de producción. En el caso del monopsonio, el poder de monopolizar la compra está determinado por la capacidad del comprador de ofrecer mejores incentivos, pero no de manera exclusiva por “retirar” la oferta, so pena de que otro comprador realice una mejor.

En la propuesta de Gavazut, el monopsonio estaría determinado de manera artificial, por lo que el Estado efectivamente podría pasar a ser el único comprador, pero esto no significa, que pueda “obligar” a vender al productor a un precio, que por ejemplo, se ubique por debajo de su estructura de costos, a riesgo de quebrarlo o de que simplemente este emigre a otros mercados. Ya que como parece olvidar este investigador, la dinámica del capitalismo está determinada por su reproducción global y no por su expresiones nacionales.

El resultado de hacer un análisis económico desde el punto de vista moral y no precisamente económico, es que existen monopsonios “buenos” y monopsonios “malos”.

Lo “malo” o lo “bueno” de esta figura comercial, no es su lógica reproductiva, sino quien lo realiza. Pero peor aún, es que se pretende atribuir al supuesto monopsonio privado un aumento sistemático del precio en la compra del maíz, mientras que a la figura del monopsonio estatal, el poder de reducir el precio de los productos. ¿Por qué, en caso de que efectivamente existiese el monopsonio del Grupo Polar en la compra del maíz, el Grupo aumentaría sus costos en vez de reducirlos? ¿No resulta una contradicción explicar fenómenos disimiles por la misma causa?

Pero la joya de la corona del planteamiento de este analista es que el monopsonio estatal tiene que comprar el 100% de toda la mercancía producida por los “monopolistas”. Es decir, el Estado venezolano tiene comprar el 100% de la producción de la burguesía nacional, la cual si en el mejor de los casos es productora, rara vez es productiva. Entonces, como si no fuese suficiente con solventar su improductividad con el traslado directo e indirecto de renta petrolera, que incluye dar las divisas para la importación de materia prima a precios preferenciales, también le garantizaremos vender el 100% de sus productos sin necesidad de ir a un mercado donde su población está cada vez más depauperada y con menos capacidad de compra. ¡Una vainita!

Sin embargo, la situación en realidad es peor, porque lo que antes era subsanado por el ingreso rentístico, que en términos estrictos no es producido por nadie sino captado por el Estado terrateniente quien goza de libre disposición para su distribución, en la actualidad es cubierto con deuda externa, cuyos compromisos extenuantes son realizados a costa de una reducción constante de las importaciones. Lo que más allá de la evidente crisis económica que produce, significa cerrarle aún más el mercado a la competencia de la burguesía nacional, no a favor del pueblo venezolano como lo quieren hacer creer, sino a favor de una dinámica de acumulación de capital completamente parasitaria.

Por último, Gavazut plantea que la principal ventaja de este mecanismo es que:

“Toda la responsabilidad por el abastecimiento de un determinado bien esencial para la población recae exclusivamente sobre el Estado, quien por ello mismo no puede camuflajear sus propias ineficiencias, corruptelas y procesos burocráticos, echándole la culpa a nadie más. Esta es una forma en la que el Estado puede presionarse y obligarse a sí mismo a ser eficiente”

 

De nuevo, como ya hemos demostrado hasta la lasitud, el argumento central de estas propuestas gira en torno a la voluntad, ahora ya no de parte del burgués malvado, sino del Estado, quien tiene que obligarse a ser eficiente.

En el supuesto negado, que se llegara a implantar el monopsonio estatal ¿Qué pasará cuando debido a la contracción de la renta cada vez más evidente, el Estado no pueda cumplir con el compromiso adquirido? Una vez más, vemos que el poder del cambio no está sujeto a ninguna abstracción de voluntad sino a términos concretos.

Lo más curioso del artículo del investigador venezolano, es que obnubilado en las expresiones del conflicto, al hablar del monopolio, en ningún momento se le ocurrió voltear la vista hacia la producción o hacia quienes son los principales agentes beneficiados por la captación de la renta petrolera.

 


[1] Estimaciones propias con base a los acuerdos de la República y datos de la OPEP y la Energy Information. Administration (EIA)

[2] Estimaciones propias con datos del Ministerio del Poder Popular de Petróleo y de la EIA

[3] Ver: Bautista, J. (1995). Principios de economía política. Editorial Buchivacoa Venezuela

[4] Ver: Iñigo, J (2007). La formación económica de la sociedad argentina. Volumen I. Renta agraria, ganancia industrial y deuda externa. 1882-2004. Editorial Imago Mundi. Argentina

[5] Decimos “muchas veces” porque el costo del transporte no sólo está determinado por la distancia existente entre un punto geográfico y otro, sino por tecnología, precio del combustible, entre otros factores.

[6] Ver: Bautista, J. (1995). Op-cit.

Iñigo, J. (2017). La renta de la tierra. Formas, fuentes y apropiación.

[7] Bautista, J. (1995). Op-cit. pp.266-267

[8] Ver: Kornblihtt, J. (2008). Crítica del marxismo liberal. Ediciones RyR. Argentina