19
Dic

La transgresión del voto en Venezuela

Cuando hablamos de un proceso electoral, descrito como un “mercado político”, su tipo ideal se caracteriza por ser un espacio de intercambios simbólicos. Por un lado, el elector asiste a las urnas ofreciendo un bien político, soberano, como el voto. Y por el otro, el candidato oferta una serie de políticas públicas generales y en beneficio del bien común, que en teoría, puede llegar a cumplir en caso de ser elegido.

Sin embargo, ese escenario está transversalizado por una condición primaria: que la mayoría de los electores tengan las condiciones materiales de vida garantizadas para poder asistir a la elección, no en busca de prebendas personales, sino en condiciones de exigir y escoger políticas públicas generales garantes del bien común.

En cambio, cuando el elector no tiene garantizado sus medios de reproducción de vida,  el “mercado” de intercambios simbólicos se deforma, se transgrede y el elector, así, asiste al ejercicio de la votación con la necesidad de asegurar su reproducción material básica de existencia, lo que lo lleva a aceptar bienes materiales personalizados -entiéndase un salario en el caso del funcionariado, un CLAP en el caso de las comunidades o cualquier prebenda clientelar ofrecida por el candidato, el partido del candidato o en este caso el Estado-partido- a cambio del bien político y simbólico del voto.

Sólo si tenemos este elemento en cuenta, podremos apreciar el complejo mapa político venezolano en la actualidad. Donde a pesar de los bajos niveles de aceptación del Gobierno que muestran las encuestas, el sector oficialista ha ganado 19 de 23 gobernaciones y 308 de las 335 alcaldías a nivel nacional.

Por supuesto, en ese escenario juega un papel importante la debacle política opositora, donde hubo una implosión de la plataforma política y una explosión del capital electoral. Sin embargo, a nuestro juicio, aun habiendo participado, los resultados no fuesen sido radicalmente distintos.

Si bien no podemos negar que existe un chavismo de base fidelizado y fuertemente ideologizado, el capital político del gobierno en la actualidad centra su mayor concentración en los sectores que son beneficiados, ya no de políticas públicas como podría haber ocurrido con las Misiones y Grandes Misiones Sociales, sino de prebendas políticas directas, condicionadas a través del voto.

En el peor de los casos, no hablamos ya de prebendas políticas, sino de manipulación directa sobre las condiciones materiales de existencia de las personas a través de la cooptación salarial y de sectores indispensables como salud o alimentos.

Bajo esta nueva forma de movilización del voto, el candidato político utiliza el elemento ideológico solamente como retórica discursiva y ya no como elemento diferenciador entre un sector y otro. Esto sucede porque en la actualidad, en la práctica concreta, la movilización del voto no responde estrictamente a la inclinación política, sino de que el elector pueda mantener un mínimo de sus condiciones materiales de existencia.

¿Qué sucede con los movimientos de base altamente politizados del pasado?

Estos sectores, representados principalmente a través de pequeños partidos o movimientos sociales, que en un momento determinado llegaron a cumplir un rol político fundamental como sujeto histórico del proceso de la Revolución Bolivariana, poco a poco fueron pasando a representar una suerte de división social del trabajo político.

Cuya función se traducía en captar distintos intereses, que si bien podían identificarse con el proyecto político en un sentido amplio, no se identificaban así con el partido político mayoritario que representaba dicho proyecto, en este caso el PSUV.

Sin embargo, como en la actualidad ya no resulta necesario movilizar los votos a través de estos pequeños músculos, el partido oficial empieza a prescindir de ellos en un movimiento donde se privilegia el sentido pragmático de mantener el poder por encima del sentido ideológico y dialógico del proyecto.

Estos pequeños partidos y movimientos sociales, al saberse impotentes fuera del proceso histórico de la Revolución Bolivariana, no están en capacidad de romper con la lógica política que, para drama de ellos, de igual forma los empuja cada vez más a la periferia del escenario político, así empezamos a ver casos como el de Eduardo Samán en Caracas o el de Ángel Prado en la alcaldía de Simón Planas.

Pero lo que resulta peor, es que al intentar irrumpir desde “dentro” del proceso político mismo, lo hacen desde lo que García Linera describió como un “conservadurismo entendible pero fatal”. En la medida que “elogian una situación de sometimiento que los propios dominantes han desechado ya por obsoleta”.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 19/12/17.