03
Feb

La paralización de la vida

Los últimos años han sido complejos, pero hoy podemos decir con toda la certeza, que los anteriores parecen juego de niños en comparación a este que apenas lleva transcurrido el mes de enero. En un escenario de hiperinflación, salarios no competitivos, carencia de servicios básicos y productos esenciales, nos empezamos a acercar peligrosamente a la paralización de la vida en Venezuela.

Los ingresos obtenidos de un trabajador formal promedio, son inferiores a los necesarios siquiera para seguir asistiendo al trabajo que los produce. El alto costo de la vida lo imposibilita. El costo de oportunidad presente entre adquirir alimentos, cancelar el transporte, renovar la vestimenta y pagar el estudio de la familia comienza a ser infranqueable.

Nos enfrentamos, como país, a la depauperización de las condiciones laborales locales y a un desmejoramiento acelerado de las condiciones materiales de vida. Estos factores presionan al éxodo masivo de nuestro bono demográfico y al aumento sistemático del empleo informal, la delincuencia y la indigencia como forma de supervivencia.

Las alternativas gubernamentales, como la bonificación del salario, contrario a ayudar, perjudican al trabajador en doble sentido: por un lado, en este contexto, siguen presionando al alza de los precios; por el otro, la bonificación del salario representa una agresión a los ingresos del trabajador en términos reales, ya que es a través del salario base y no del integral, que se miden todos sus beneficios laborales como empleado, así como la posibilidad de endeudarse a través de préstamos bancarios.

Hoy un cuadro técnico de alto desempeño, no pensaría dos veces en irse a trabajar en una institución parecida a la que está, pero en otro territorio, siempre y cuando sus compromisos familiares no le impidan irse del país.

Sin embargo, la situación de los trabajadores que no cumplen con esta cualidad, empeora. Y si se trata de un trabajador que labore en Caracas, pero viva en zonas periféricas de la Gran Caracas la situación se torna dramática. Para estos últimos, nada más con el costo del pasaje sumado a la carencia de efectivo, ya vuelve insostenible su situación.

Lo que empeora todo, es que sobre el tablero, no existen señales de que haya alguna intención de parte del Ejecutivo de configurar esta realidad.

El Estado venezolano y el modelo económico que lo sostiene, no dependen del trabajo de la población para poder reproducir su capital rentístico, de ahí que la propuesta pospetrolera y productiva, aunque necesaria, sea tan sólo una quimera.  

Sin embargo, el agotamiento del “capitalismo rentístico” como modelo de desarrollo, el cual ya venía mostrando sus límites como apalancamiento productivo de sectores no petroleros, en la actualidad, empieza a mostrar su imposibilidad siquiera de reproducir los capitales petroleros nacionales, por lo que sumado a un mal manejo de la industria, empezamos a ver la disminución sistemática de nuestra capacidad de producción en un escenario de contracción de los precios en el mercado mundial.

Si antes el malestar social era controlado con el flujo constante de renta hacía la población, ante el cierre de ese derrame, el control social será necesariamente represivo.

La necesidad de adelantar elecciones al primer cuatrimestre del año, responde fundamentalmente a este aspecto.

Dado que las condiciones objetivas de la economía muestran números realmente críticos, hay que prepararse para un shock económico después de las elecciones presidenciales, más por el aumento del gasto público que habrá en los dos meses previos a los comicios. En este sentido, no es descabellado esperar una inflación que alcance los seis o siete dígitos este año.

El conflicto político se acentuará dadas las condiciones en que nos plantea el escenario electoral. Y ante el reciente retiro de Tomas Shannon del Departamento de Estado de los EE.UU y las declaraciones de Donald Trump en su mensaje del año a la nación, podríamos esperar fuertes sanciones, ya no individuales, sino comerciales tras los resultados de la convocatoria presidencial.  

La realidad, es que hoy el Estado venezolano no está en la capacidad de garantizar la reproducción de la vida en el país.

Esta dramática situación, no tendrá solución en el corto plazo. Estar conscientes de este duro escenario, nos tiene que instar a prevenirnos. Para las personas que irse no es opción, el primer paso consiste en sincerar la situación familiar y planificarse en torno a esos resultados.

Hay que custodiar el ingreso fijo de dinero, es decir, el trabajo formal ante los embates de la crisis, pero únicamente si los ingresos obtenidos de éste superan los egresos que significa movilizarse hasta él, si no habrá que aventurarse en nuevas opciones de trabajo. Pensar “fuera de la caja” resultará vital en este momento.

Las personas que obtienen ingresos en divisas, ya sea por su trabajo o por remesas familiares, se les recomienda custodiar sus activos fijos y evitar, en la medida de lo posible, que se deprecien por el abandono. Ya que podrán ser una alternativa de ingreso en caso de emergencia.

Por último y aunque la cotidianidad nos empuja, en el mejor de los casos, al consumo diario sin posibilidad de planificación, sujeto a la disponibilidad de dinero y de productos del día, para el caso de los alimentos, cualquier dinero extraordinario obtenido de nuestra rutina laboral, debería ser utilizado en la adquisición de proteínas a futuro.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 3/2/18