05
Jun

Los que nos quedamos

Tanto el que se va como el que se queda, sostiene una cruz pesada sobre los hombros: el sentimiento del tejido social que se va resquebrajando. Los primeros obligados a resumir su vida y todo su proceso de socialización en dos maletas, los segundos a vivir en un país que ya no está.

El que se va se obliga a adaptarse –a veces- a nuevos lenguajes, nuevas comidas y nuevas costumbres, cuando no, se refugia en el patrioterismo de las banalidades de recuerdos que quizás nunca fueron de un país que quizás nunca existió. Mientras que el que se queda se obliga a adaptarse a ir a lugares “nuevos”, aunque con el drama de saber que realmente son los mismos que ha visitado durante toda su vida, pero son “nuevos” en la medida en que no son iguales; sí, quizás la estructura lo sea, pero no su gente, no su manera de relacionarse.

De repente el metro es un lugar extraño, es más silencioso y la gente en sus rostros parece más cansada al finalizar el día que antes, los bares no se llenan y cuando lo hacen, no es un grupo, sino un cumulo de individualidades que comparten como el puercoespín en invierno: lo suficientemente cerca para sentir el calor de la compañía, lo suficientemente lejos para no lastimarse con las historias personales de cada uno.

La conversación más recurrente es el “¿Cuándo te vas?”, de repente todos tienen un familiar, un amigo o un conocido dispuestos a recibirlos, todos dicen estar ahorrando o sacando los papeles y al parecer todos se encuentran dispuestos a dar ese paso a un futuro incierto, o eso dicen. Pero en muchos casos, ese día no llega, ni llegará…

El que se fue carga el sentimiento de desarraigo a flor de piel, muchas veces ante las carencias que transitan en su día a día necesitan reafirmar su decisión, invitando a otros a hacerlo como ellos para saber que no son los únicos, que lo contrario es la locura. El que se queda, con el mismo desarraigo se pregunta todos los días lo mismo que aquel: “¿Será que estoy haciendo lo correcto?”

Pero el irse y el quedarse, aunque generan los mismos sentimientos de incertidumbre no nos unen, por el contrario nos distancian. El pacto social quebrado nos empuja insistentemente al refugio del espacio privado, a la hiperindividualización; la historia del que se queda es más increíble que la del que se va, o así dice, mientras el que se va considera que su decisión gallarda de separarse de la comodidad del hogar es mucho más difícil de tomar que la decisión de quedarse en el país donde la ficción ha superado toda noción de realidad. Obviando ambos que el trasfondo es el mismo y que la posibilidad de cambio de esa compleja situación, no es privada, sino correspondiente a lo público y lo político.

Por su parte, los mensajes entre unos y otros son cada vez son menos recurrentes, y cuando ocurren, en el fondo, siempre está la “espinita” de pensar que te escriben por algún interés relacionado al destino que escogiste. Lo más difícil es la justificación ante la pregunta incomoda del “¿Por qué?” Como si en verdad hiciera falta explicar por qué te fuiste o el porque te quedaste cuando ambos saben las razones de cada uno para escoger uno u otro camino.

Así, de repente la idiosincrasia venezolana ya no es chévere, sino que es una cruz: ya no se puede ser solidario porque se asume que hay un interés detrás, menos aún ser risueño en el país agobiado por la crisis y ni pienses en serlo afuera cuando tus hermanos pasan aquí tanto trabajo. Para algunos, toda nuestra idiosincrasia y personalidad se vuelve un crimen en esta época, queriéndonos acuartelar como sociedad desde un purismo que amenaza con devolvernos al medioevo donde la risa era pecado.

Pero nuestra idiosincrasia no es pecado, ni la crisis sociopolítica de nuestro país es insuperable. La historia no se acaba ni se paraliza, es cierto que en sentido estricto es imposible que vuelva a ser como antes, pero también es cierto que las relaciones sociales no son inmutables ni eternas, por el contrario se transforman.

Por eso, no es negando nuestro mestizaje y nuestra particular manera de relacionarnos con el mundo donde ubicaremos el camino, por el contrario, es allí en nuestras raíces donde hallaremos las preguntas y respuestas que nos ayuden a salir adelante como sociedad. La reconstrucción del tejido social solidario no pasa por ninguna acción institucional, aunque sea desde las instancias  institucionales que se intentan pervertir, sino por nuestras acciones comunitarias en sociedad.

Y allí es donde radica la importancia histórica del que se queda como ser social. No desde la “superioridad” moral, sino desde la práctica colectiva de la reconstrucción de un tejido social agotado. Desde la posibilidad de darle una alternativa a las personas que se quedan y reclaman soluciones, en un proceso que implica principalmente trabajar con los que están, pero sin olvidar a los que se fueron, que también son parte de nosotros y de esta imbricada historia sociocultural que no borra la distancia.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 5/6/18