17
Ago

Caracas no es París

En Venezuela las escuelas y cursos de estudios políticos y administrativos tienden a dar una visión de la democracia, y en general de la política, como si la misma estuviese únicamente relacionada con la tradición liberal; es decir, cómo una tradición asociada a la defensa de la ley y el orden, de las instituciones, y en mayor medida, al culto de la libertad individual.

Quién se forma exclusivamente en torno a este paradigma, concibe en la expresión democrática, aquella vinculada a las ideas de igualdad, al análisis de la mediación, relación e identidad entre gobernantes y gobernados, así como a la idea de soberanía popular, un riesgo, un peligro y los inicios de posibles desmanes de un político populista.

A partir de ahí y siguiendo la tradición eurocéntrica de asociar indisolublemente la democracia con el liberalismo, caracterizan cualquier otra alternativa democrática, no liberal, como una amenaza a las instituciones políticas, a la gobernabilidad, o cómo el germen de una expresión autocrática de poder.

Desde ese lugar común, pasan a decirle a los “ciudadanos”, que en realidad para ellos son simples individuos, aislados y “puros” del relacionamiento social, que no se conviertan en “pueblo”, que la democracia y la política entendida cómo un complejo mundo de tensiones y conflictos donde todos participamos, cómo representación de los deseos de las mayorías, sólo es el canto de sirena de un líder que dice exclusivamente lo que ellos quieren escuchar. Desde ahí atacan el discurso democrático justificándose en qué el mismo se presenta vacío, carente de contenido, y por tanto, demagógico.

Hay que decir, que en efecto, en los países que presentan una fuerte tradición institucional, más donde las instituciones tienden a ser generalmente efectivas en la atención de las demandas de la población, la imposibilidad de realizar una cadena equivalencial de demandas insatisfechas –precisamente porque las demandas son atendidas en las instituciones- hacen que un discurso enfocado en el cambio “radical” del sistema y el desafío a un status quo medianamente eficiente, sean retóricos, vacíos y demagógicos.

Sin embargo, al trasladar de manera automática estos análisis políticos a las realidades institucionales latinoamericanas, siempre complejas y en disputas, terminan por ver peligro en cualquier expresión democrática –y política- de reclamo de las demandas insatisfechas de las grandes mayorías.

Ante el peligro de que la cadena equivalencial de demandas se vuelva también en contra de ellos, por ineficientes o cómplices, apelan a la defensa automática e inamovible de unas instituciones viciadas e inefectivas, cuándo no, inexistentes.

Siendo este último, el principal problema del caso venezolano, donde las instituciones encargadas de atender las demandas insatisfechas de la población, no solamente son ineficientes, sino que en la práctica, comienzan a desaparecer producto del avance autocrático de las élites en el poder.

El resultado de la desaparición simbólica –y en muchos casos física- de las instituciones en Venezuela, no solamente empuja a que las demandas de las grandes mayorías se mantengan perenemente insatisfechas, sino que además, sepulta la posibilidad de la tradición liberal de poder articular cualquier alternativa de toma del poder.

Ubicándolos así, en un limbo donde se encuentran incapacitados de articular las demandas insatisfechas de las grandes mayorías en una nueva alternativa política, porque ello implica necesaria e ineludiblemente romper con la posición ambigua de intentar subvertir el sistema pretendiendo a su vez ser integrado en él –pero además- sin la participación protagónica de la soberanía popular.

En otras palabras, la desaparición de las instituciones encargadas de atender las demandas de las grandes mayorías de la población, se traducen en la necesidad de articular un “desafío” radical a la “institucionalidad” perversa del estatus quo opresivo. Y ahí, la tradición liberal se paraliza solamente de pensar que puede contribuir a un desequilibrio que por necesidad implica ir más allá de los límites arbitrariamente establecidos.

En este sentido, cuándo las grandes mayorías no son un pueblo ficticio construido a base de demagogia, sino en efecto se presentan cómo la mayoría real, cómo una expresión de la mayoría de la población en condiciones cada vez más críticas de miseria; cuándo las élites políticas en el poder no son una construcción arbitraria y dicotómica de un líder populista, sino la expresión real de un gobierno corrupto e ineficiente; cuándo la desaparición paulatina pero inexorable de las instituciones evitan la posibilidad política de canalizar las demandas de las grandes mayorías de manera institucional, la necesidad de forjar un proyecto fundacional no esperan.

Al final, Caracas no es París y las demandas de las grandes mayorías de la población, depauperadas y condenadas al abandono por parte de la élite política en el poder, no podrán ser nunca representadas bajo los criterios de gerencia y eficiencia que la tradición política-liberal ha intentado introducir en la política de nuestro país. Por ello, los representantes de esa tradición retroceden horrorizados ante la posibilidad de tener que inmiscuirse, no en la gerencia, sino en la Política. Y precisamente por ello, se muestran igual de indolentes y separados de las necesidades y demandas de las grandes mayorías, tal como lo hacen las élites políticas en el poder.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 17/8/18