28
Ago

La agonía de los tiempos

Hace algún tiempo que nuestros hermanos y hermanas dejaron de ser migrantes para convertirse en desplazados. Sin más nada que perder sino la voluntad, emprenden largas marchas sin dinero, comida o papeles. Sin más destino que la explotación laboral y sexual, la ruindad y el engordamiento de los cinturones de miseria de las capitales de los países vecinos. Y aun así, para ellos, parece que ese futuro es más prometedor que quedarse en Venezuela. ¿Acaso hace falta otra muestra para entrever el dolor y el resquebrajamiento del tejido social de las grandes mayorías abandonadas por la élite política en el poder?

Sin embargo, esa mirada de los desplazados que transitan el camino de los Andes caminando, ya la había visto antes en otros tiempos: la vi en los ojos de Carmen Rosa cuando huía de un moribundo Ortiz, y más de una vez la vi en los ojos de mi padre, que como tantos baquianos y bregaos del campo vino a Caracas sin más nada que una maleta de sueños con la firme voluntad de no morirse en un campo sin futuro.

Hoy, dolorosamente, me toca verla en miles de compatriotas que huyen de un país que pareciera no ofrecerles oportunidades ni alternativas.

Nuestros desplazados dejan atrás familias enteras: esposos, padres, hijos. Parten solos con la intención de poder enviar algunas divisas para que los que se quedan en Venezuela coman más de una vez al día, para ver si pueden inscribir al chamo en el colegio antes de que comience el año escolar, para ver si no se mueren de mengua.

La partida hacia lo desconocido, en situaciones de absoluta precariedad, solo dan muestra de algo: se agota la resiliencia y las maneras de adaptarse a una realidad cada vez más compleja por parte de un sector de la población que ha sido abandonado por los políticos de todos los colores.

Cualquier futuro incierto -como en realidad son todos los futuros- parece mejor que la espera pasiva. Valga decir que “hacer”, para los que parten en esas condiciones, no es otra cosa que “irse” sin más.

La espera, cuando no tiene ningún objetivo estratégico embota los sentidos, apaga la llama del alma y entristece la mirada. La espera, cuando no tiene ningún objetivo estratégico nos consume en la angustia del porvenir. La espera, cuando no tiene ningún objetivo estratégico no es más que la cadena perpetua de los miserables.

En Venezuela, el tejido social resquebrajado amenaza con un punto de no retorno, con terminar de desafiliarnos de manera definitiva de nuestra patria, de nuestra gente y de nuestras costumbres, aun para los que se quedan en el territorio, puesto que lo que era, ya no es, la triste ficción se ha convertido en dura realidad.

Ahora la dolorosa realidad venezolana pareciera que ya no impulsa únicamente a huir, sino a quemar las naves y volar los puertos, por si acaso la nostalgia y la duda nos llaman a volver, por si acaso las condiciones materiales hacía donde partimos son difíciles –y seguro lo serán- y nos da por aplicar el dicho de “mejor malo conocido que bueno por conocer”.

Hay que decir que no existe tal cosa como el fin de la historia, ni la congelación en el tiempo de un determinado periodo histórico, lo que significa que la situación venezolana no será eterna ni inmutable, por supuesto que eso no significa tampoco que vuelva a ser cómo antes, ya que también resulta imposible.

Pero si nos abre las puertas de la esperanza en otra dirección: la historia es producto de los seres humanos, por tanto, son los seres humanos los que están destinados a transformarla. Y la transformación, no será nunca producto de la espera pasiva.

Parafraseando a un gran poeta: seamos la rosa que nació en los cardos como revancha…