17
Sep

El momento de lo político

En situaciones de anomia o caos total suele ocurrir que la necesidad de algún tipode orden para la población, tiende a ser superior a la necesidad de establecer el tipo de orden que se dé efectivamente. En nuestra idiosincrasia popular esto podría ser traducido en el refrán que reza lo siguiente: en río revuelto, ganancia de pescadores…

La situación actual venezolana es compleja, las demandas sectoriales de los diversos grupos de la sociedad no están siendo atendidas por instituciones gubernamentales que en la práctica han dejado de existir. Sin embargo, la incapacidad patente de las elites políticas de todos los colores para representar estas demandas, y darles, no solamente voz, sino credibilidad y legitimidad, hace que se nos presenten como un conjunto de demandas aisladas, lo que fomenta el tan mentado quiebre del tejido social.

En este escenario, la tradición liberal se encuentra imposibilitada y maniatada, puesto que las bases ontológicas de su propia línea de acción le impiden subvertir unas instituciones que están, de hecho, inexistentes.

En otras palabras: para la tradición liberal, la aparente necesidad de sostener la institucionalidad  a toda costa, sin importar el tipo de institucionalidad dada, es superior a la necesidad manifiesta de las grandes mayorías de antagonizar contra un orden que los oprime. Por tanto, se vuelve imposible que esta tradición logre representar las demandas de los vastos sectores depauperados de la población en las condiciones actuales.

El momento de lo político en un país sin instituciones

Recientemente habíamos planteado que la tradición liberal retrocedía horrorizada ante la posibilidad de inmiscuirse, no en la gerencia, sino en la Política. Pero en esta oportunidad queremos ir un paso más allá: la tradición liberal no tiene la posibilidad de “entrar” en la política y no tienen la capacidad de trabajar en lopolítico en la Venezuela actual.

La distinción entre la política entendida como las instituciones y las prácticas que median entre la organización social y lo político cómo como una dimensión del antagonismo “radical e insuperable” de las relaciones sociales[1], es una de las herencias de la teoría política contemporánea que nos resultan más útiles al sol del análisis de la situación actual venezolana.

Estas dos categorías son indisolubles. Lo que significa puntualmente que la gestión política, siempre está transversalizada por el conflicto político.

La cuestión, para la tradición liberal, es que al poner en la palestra el consenso social como el horizonte que determina el fin del conflicto, deja a un lado el momento político en su accionar.

Teniendo en cuenta que en Venezuela se viene dando lo que hemos denominado como una “paradoja del poder”la tradición liberal simplemente queda imposibilitaba de accionar en cualquier de los dos campos: en la políticaporque las instituciones desaparecen ante nuestros ojos; y en lo político por negación propia de su base epistemológica del antagonismo inherente de las relaciones sociales.

Pero hay más: con esta destrucción paulatina de las instituciones, y con ello, de la institucionalidad democrática-liberal; se van reduciendo las posibilidades –no solamente de la tradición liberal- de efectuar un cambio sustancial a través de la política como hecho primario.

Esto no significa, por supuesto, que la política desaparezca, sino que el momento de lo político parte primero como un hecho fundacional, de antagonismo radical, que plantea necesariamente un cambio de régimen para poder restructurar el espacio público donde deberían ser atendidas las demandas de las grandes mayorías de la población.

En otras palabras: la relación de contingencia entre la tradición democrática y la tradición liberal se desprende para darle paso a una nueva articulación democrática, de otro tipo, que se encuentre en la capacidad de representar las demandas de las grandes mayorías.

Esta acción tiene consecuencias importantes: mientras en el campo liberal la separación contingente de estas dos tradiciones ha traído un repliegue del ejercicio político, cuya muestra más evidente fue la decisión de refugiarse durante las elecciones en el espacio privado para des-participar de un conflicto que se resuelve en lo público; en la tradición democrática sucede exactamente lo contrario: el ensanchamiento del significado hacía nuevos horizontes amplia el terreno de la decisión[2], tanto epistemológica como práctica, de forma que contrario a un repliegue vemos una apertura del momento político.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 17/9/18


[1] Ramos, A. (2014). Democracia y conflicto en contextos pluralistas: entrevista con Chantal Mouffe. Histórica, Ciências, Saúde-Manguinhos, Río de Janeiro, v. 21, n.2, abr-jun. 2004, p. 749-763.

[2] Laclau, E. (1993). Poder y representación. Politics, Theory and Contemporary Culture. Columbia University Press, New York.