15
Oct

Un tren que partió: carta abierta a la izquierda venezolana

Los tonos tenues del cielo, donde se mezclan el rojo y el naranja intenso, en esta oportunidad, no son el anuncio de un nuevo amanecer sino los albores del ocaso; por eso, con cada acción u omisión, el cielo no aclara, sino que tiende a oscurecer en lo que parece será la larga noche de la izquierda venezolana.

Resulta vergonzoso ver como los ayer desaparecidos y torturados guardan un silencio cómplice ante la muerte de un político en extrañas circunstancias a manos de una policía política. No es menos vergonzoso el silencio ante la inacción económica, los hospitales sin insumos, los niños hambreados, las escuelas abandonadas; en fin, el silencio cómplice ante la paralización de la vida y el cese de los derechos más elementales de todo ser humano.

Para mi generación, la que ingresaba a la Universidad a finales del último período presidencial de Chávez no había otra alternativa que militar en sus filas, en un escenario político altamente polarizado, el chavismo y más particularmente la figura de Chávez, con sus diversos matices, lograba aglutinar a las izquierdas contra una oposición qué, por el contrario, lograba aglutinar con sus diversos matices, todo el descontento contra la gestión del gobierno.

Hoy dicha polarización se encuentra francamente agotada, ante un gobierno que no es de izquierda y una oposición prácticamente inexistente. Si en Venezuela aún existe alguna suerte de posicionamiento dicotómico en nuestra sociedad, es entre las élites políticas en el poder y las grandes mayorías depauperadas. Y la izquierda venezolana, en este tablero, no tiene otro camino que tomar su lugar histórico al lado de las grandes mayorías.

En la Venezuela actual no existe consigna que valga ante la desaparición de las condiciones materiales de vida de la población. Los chistes malos de la dirigencia política que en un principio parecían la caricaturización de una personalidad infantil, ya se muestran como un rasgo patológico de alguien que se burla abiertamente de sus ciudadanos.

El chavismo, que en algún momento parecía tener la fuerza para convertirse en una corriente histórica, utilizado en un principio como significante aglutinador de las izquierdas, fue paulatinamente vaciado de todo contenido de manera interesada. Eliminadas sus ideas fuerzas solamente es el cascarón vació que utiliza una élite política para intentar identificarse con una base nostálgica de lo que pudo haber sido y no fue el proceso de la Revolución Bolivariana.

Si somos radicalmente honestos, tendremos que admitir que con Nicolás todo fue distinto desde el principio, era de esperarse, ya que el chavismo se nucleaba era alrededor de la figura de su propio líder. Narra Laclau que en situaciones extremas, la función hegemoneizante de la realidad política es llevaba a cabo no por una consigna sino por el nombre propio del líder que enarbola la acción, hecho que quedo magistralmente registrado para el análisis de la ciencia política bajo el discurso de “Ya yo no soy yo, yo soy un pueblo; tú también eres Chávez”.

No obstante, la rutinización del carisma alrededor de Nicolás Maduro funcionó durante un tiempo, al menos el necesario para consolidar un Estado autocrático y conservador, que eliminó uno a uno los poderes constituidos en Venezuela y asfixia hasta desaparecer, todo el resto de las instituciones del país.

Hoy estamos ante la presencia de un Gobierno inoperativo e inoperante, que reparte cuotas de poder en puestos del Estado como las partes de un botín de guerra y no atendiendo a ningún criterio de eficiencia e eficacia, elemento que junto a la reaparición de la difteria, la baja escolaridad y la malnutrición alarmante, nos hace retroceder más de 100 años en nuestra historia republicana.

En las filas del proceso político, y por tanto, en las instituciones del Estado, abunda el voluntarismo ramplón e interesado, el desprecio por los cuadros técnicos y –lamentablemente- nuevas relaciones feudales de trabajo por comida, que contrario a desparecer se van acentuando cada día más.

Los cuadros políticos corruptos e ineficientes, no son la desviación del sistema, ni la excepción, ni funcionarios “disfrazados de rojo”. Por el contrario, son la expresión exacta de un sistema corrompido, la norma dentro de un modelo claramente anómico. No es la excepción a la regla sino la regla para escalar posiciones, donde el silencio cómplice es requisito fundamental.

Hacer lo contrario no es sino firmar la carta del paria, del excluido, cerrar para siempre los ascensos burocráticos y los puestos políticos. Hacer lo contrario es arriesgarte –en el mejor de los casos- a ser víctima de un falso positivo por corrupción de parte de un gobierno que practica el oxímoron como axioma político.

Pero ¿No es acaso el deber de la izquierda hacer exactamente lo contrario? ¿Ubicarse de una vez por todas, y de manera radical, al lado de las grandes mayorías depauperadas?

La izquierda venezolana no se puede encontrar ya en torno a un gobierno ineficiente, conservador, autoritario, autocrático y militarista. La izquierda venezolana tiene que retomar su lugar histórico al lado de las grandes mayorías. La izquierda venezolana no podrá tener un discurso reaccionario de vuelta al pasado. La izquierda venezolana tendrá que tener un discurso de futuro posible y realizable.