29
Oct

El chavismo reaccionario

A lo largo de todo el año una “Segunda Oleada”[1] de chavismo disidente que otrora ocupara cargos públicos de relevancia se ha ido posicionando poco a poco en la opinión pública como líderes de opinión en cuanto a voces críticas al gobierno se trata. A esta Segunda Oleada se ha sumado recientemente un movimiento de base autoproclamado “Chavismo Originario” con una propuesta de diálogo geopolítico y que de alguna forma, parte de sus participantes, se reivindican como una “oposición dentro del proceso revolucionario”.

Estos eventos hacen un llamado de atención sobre las disputas y tensiones internas que empiezan a hacer mella sobre el proyecto político en boga. Tensiones y disputas que se hacen necesario tomar en consideración al momento de estudiar las posibles salidas de la crisis venezolana y el nacimiento de una nueva alternativa política.

La principal característica de estos grupos, es que se proponen, en términos generales, rescatar el verdadero “legado” del ex presidente Chávez ante la grave crisis política, económica y social que atraviesa el país producto de uno de los peores gobiernos, libra por libra, de nuestra historia republicana.

Sin embargo, estos voceros disidentes carecen en su mayoría, de la autocrítica mínima necesaria para convertirse en una alternativa política honesta y real. La mayoría de los pertenecientes a la “Segunda Oleada” ya ocupaban cargos de relevancia durante los primeros años del gobierno de Nicolás Maduro, pero como suele suceder en estos casos, solamente cuando han sido separados de sus cargos y defenestrados de cualquier posición de poder, es que empiezan a hacer públicos los vicios de una gestión gubernamental que atenta sistemáticamente contra el bienestar de las grandes mayorías del país.

Los peligros de la reacción

Si bien, dado el carácter autoritario y autocrático de Maduro, las voces disidentes del chavismo agrupadas en los nuevos grupos críticos parecen ser una muestra de racionalidad política, incluso con rasgos democráticos e intenciones de poder que invitan a pensar una posible alternativa política, así como potenciales quiebres en la coalición de poder dominante; hay que decir, que no se trata de una propuesta progresista, sino en todo caso, reaccionaria.

El discurso del “chavismo originario”, y en general el de estos nuevos grupos disidentes, pretende apropiarse de los significados populares y democráticos que en algún momento se expresaron a través de Chávez. Sin embargo, es un discurso qué, en realidad, no habla del futuro, sino de la vuelta al pasado. Un discurso acrítico, que no logra –o no quiere- identificar los errores cometidos y los modelos equivocados, que sirvieron de polvo para el lodazal que hoy nos agobia. Un discurso que refleja los intereses y rencillas de una vieja clase dirigente y no los sueños y esperanzas de las nuevas generaciones.

Si bien es cierto que nada permanece inmutable en la historia, y por tanto, es posible superar la crisis económica, política y social que azota nuestro país; dicha superación, no se dará girando al pasando, sino avanzado hacia el futuro.

Esto no quiere decir que estos grupos disidentes no tengan posibilidades reales de participar activamente en los escenarios que plantee el tablero político venezolano, pero si hay que advertir que no será a través del discurso reaccionario que se logré el cambio necesario para el país.

El chavismo murió

El chavismo, como significante aglutinador de las demandas sociales de las grandes mayorías y de las izquierdas políticas del país murió con la desaparición física del líder; a quien le tocó impulsar hasta las últimas consecuencias su propia figura como elemento hegemoneizante de la realidad política. Lo que hizo, inequívocamente, que con su desaparición física el significante que antes aglutinaba las demandas populares quedará despojado de todo contenido por sus sucesores.

Lo que vino posterior a la desaparición física del líder, fue la rutinización del carisma sobre la figura de Maduro a la par del endiosamiento del mito de Chávez.

La primera funcionó durante un tiempo, al menos el necesario para consolidar la figura de poder de Nicolás en la presidencia. La segunda también funcionó, pero exclusivamente para los fines de las élites políticas en el poder. Veamos:

Los liderazgos políticos pertenecientes al modelo de dominación carismática, tarde o temprano se enfrentan al hecho humano de conseguir un sucesor. En el caso de Chávez está tarea fue francamente postergada. Pero no solamente postergada, sino que su propia figura bajo el discurso de “Ya yo no soy yo, yo soy un pueblo; tú también eres Chávez” había alcanzado el pico más alto posible como elemento hegemoneizante de la realidad política.

Una vez se da la desaparición física del líder carismático y del significante vacío que lograba aglutinar todas las demandas sociales y políticas en torno a su propia figura, comienza a darse, sobre la marcha, el proceso de rutinización del carisma y la configuración de la cadena equivalencial de demandas por parte de sus sucesores.

En este sentido, Chávez como símbolo fue separado de la gente. La figura humana se transformó en figura divina. Las élites políticas en el poder crearon un mito, una concepción teológica y conservadora de la historia, que como diría Carrera Damas en cuanto al culto a Bolívar, cumple la función de “disimular un fracaso y retardar un desengaño”.

Pero además, también cumple la función de convertirse en la “figura de autoridad” que trabaja como elemento “potenciador, persuasivo o ético”[2] en la retórica del discurso que hacía ver a Maduro como el heredero o encarnación actual de ese antiguo líder.

El devenir histórico de este hecho es ampliamente conocido por todos los venezolanos, así como por la tradición de la teoría política: la transición de un liderazgo carismático hacía un liderazgo “seudocarismático” que no logra consolidar la rutinización del carisma de manera completa, y se desenvuelve, además, en un ambiente de instituciones débiles es claro.

Según narra López Maya, tenemos lo siguiente:

Los partidos basados en el liderazgo carismático transitan de la obediencia al carisma a la obediencia a los notables, y de la obediencia a los notables se avanza hacia el dominio de los burócratas, lo que termina por generar una lucha por la hegemonía del partido entre las figuras burocráticas y las figuras carismáticas.

El nuevo líder –continua López Maya- generalmente mediocre, que no logra de manera efectiva la rutinización del carisma, no le queda otra que prescindir de este elemento y empezar a hacer demostraciones de fuerza, lo que se traduce en reiteradas purgas internas y una tendencia hacia el autoritarismo. Además, al ser “pésimo sucesor” termina por “superar al desaparecido autoafirmándose”, lo que implica invariablemente marginar al antiguo líder, sus logros e ideas fuerza, para comenzar a exigir sumisión absoluta al entorno que heredó.

En conclusión, hoy el chavismo, como discurso oficial, no aglutina las demandas de las grandes mayorías, sino las demandas de una supuesta “burguesía revolucionaria”. Que no es burguesía y tampoco es revolucionaria. Sino más bien las élites políticas en el poder compuestas por un funcionariado neopatrimonialista, una élite militar y nuevos grupos de poder financieros.

El clamor popular de las grandes mayorías

En cambio, lo que se encuentra en la calles, si son sin dudas las ideas fuerza, necesidades y demandas que en algún momento permitieron la irrupción de un candidato outsider como Chávez en la experiencia política nacional.

Estas ideas fuerzas, de las cuales se apropió el chavismo en sus comienzos, no eran creaciones personales de Chávez, aunque en efecto, haya sido él quien en su tiempo histórico logró interpretarlas y representarlas.

La cuestión, en todo caso, es que en la actualidad estas demandas de la sociedad venezolana  vuelven a estar más vigentes que nunca: la necesidad de la instauración de una democracia participativa y protagónica; el respeto a la constitución y el estado de derecho; la lucha contra la corrupción; la denuncia contra la separación de los partidos políticos con respectos a las necesidades de la población; la desigualdad social; el desequilibrio económico; entre otros elementos que reflejan una situación de opresión por parte de un sistema político que se ha separado de las demandas y necesidades de las grandes mayorías.

Las posibilidades de la izquierda democrática

Las demandas de las grandes mayorías depauperadas de nuestro país solamente pueden ser honestamente representadas por una izquierda democrática y progresista que logre aglutinar las demandas insatisfechas en torno a un único objetivo político. Dicho objetivo político, por razones elementales, no puedo ir de la mano de las élites políticas que por acción u omisión ocasionan los graves problemas de la vida nacional y el desmantelamiento de las condiciones de vida de las grandes mayorías.

En este sentido, la izquierda democrática nacional no puede ser una izquierda reaccionaria, que quiera volver al pasado, sino una izquierda progresista que nos hable de un futuro posible y realizable. La izquierda democrática nacional no puede ser quien ceda los símbolos para el mantenimiento del status quo, sino quien represente la contradicción ante un sistema político opresivo. La izquierda democrática nacional no puede estar del lado de las élites políticas en el poder, sino posicionarse, de una vez por todas, y de manera radical, del lado de las grandes mayorías depauperadas.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 29/10/18

Referencias

Carrera, G. (2013).El culto a Bolívar. Editorial Alfa.

Laclau, E. (2014). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.

López, M. (2016). El ocaso del chavismo. Venezuela 2005-2015. Editorial Alfa.


[1] Tomando como “Primera Oleada” las figuras aglutinadas en la Plataforma en Defensa de la Constitución.

[2] López, M. (2016). El ocaso del chavismo. Venezuela 2005-2015. Editorial Alfa.