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Dic

¿Dónde está el pernil?

Se ha dado toda una movilización popular en torno a la “cuestión del pernil”. Cientos de personas que olvidaron lo que era comer proteínas en su vida diaria salen a reclamar al Gobierno otra de sus promesas incumplidas. Increíblemente, ningún dirigente político abraza esta movilización popular. No existe dirigente alguno que quiera representar está demanda legítima y darle un sentido político. Al contrario, la atacan.

“¿Qué dirían nuestros amigos del Doral si nos rebajamos a pedir pernil?”. Dice María, una joven perteneciente a una otrora clase media, hoy empobrecida, cuadro medio de algún partido político opositor.

“¡¿Por pernil?! Hay que ver que esta gente si es muerta de hambre y lambucea. Con razón que nunca salieron por nosotros, la próxima vez le compramos un perro caliente”. Dice Martín, mientras bate un whisky en las rocas desde un piso de Madrid. Dentro de las amistades de Martín, es un secreto a voces que el apartamento lo consiguió tras alguna licitación dudosa con el Estado venezolano. Pero está bien, esos deslices con la “dictadura”, como les gusta llamar al régimen, son permitidos cuando se trata de dinero.

Lo curioso es que estos personajes piensan igual que Carlos. Un notable perteneciente al “funcionariado”. Una nueva clase política de burócratas, nacidas en el seno del chavismo y que asume al Estado y al erario público como un patrimonio personal. “Yo me lo gané”. Asegura Carlos desde alguna isla del Caribe donde ha decidido pasar las navidades gracias a los dólares que sacó por aquí y por allá.

Mientras toma sol, a Carlos le llega un mensaje anunciándole que los trabajadores del Ministerio donde el ostenta un alto cargo están protestando por pernil. “Coño, esa gente no entiende que estamos en un periodo especial. Seguramente los dirige el adeco del piso cuatro. Toma fotos para despedirlos en enero por escuálidos” responde antes de apagar el móvil. Cuando se come los “snacks” de los mejores hoteles del mundo no hay tiempo para esas nimiedades.

Estos grupos, por supuesto, son una franca minoría en un país donde según la última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCONVI 2018) el 48% de los hogares venezolanos son pobres y el 94% de los encuestados aseguró que sus ingresos son insuficientes para cubrir los costos de vida. Si no tuviéramos estos datos, bastaría con salir a la calle y comprobar su certeza con los propios ojos.

La ausencia de pernil y de cualquier tipo de proteína en los platos de la familia venezolana tiene un solo culpable. El mismo culpable que ha ocasionado que Venezuela, un país petrolero, tengan ausencia de gasolina en sus principales bombas de combustible. El mismo culpable de que no existan medicinas en los hospitales. El mismo culpable que niños en edad escolar, hayan abandonado sus estudios y el hogar para irse a consumir basura en las calles. El mismo culpable que nunca llegue gas doméstico a las barriadas del país, ni agua continúa a ningún sector del territorio nacional. El mismo culpable que en Venezuela haya desaparecido el sistema de transporte público. El mismo culpable que el salario de los trabajadores no alcance siquiera para reproducir las mínimas condiciones de subsistencia. En fin, el mismo culpable que en Venezuela no exista una sola institución que este en la capacidad de atender alguna de estas demandas insatisfechas.

Ahora, nuestro drama como país es que estas demandas se siguen presentando de manera inconexa, producto del tejido social quebrado y de la inoperancia de las élites políticas que se niegan a representar cualquier demanda popular para no ser “populistas”. Una confusión patética de políticos que toman acciones según la opinión del Twitter.

En cambio, hacer ver que las demandas insatisfechas de las grandes mayorías tienen un mismo culpable es darle un sentido político a la protesta. Articular todas estas demandas en una misma cadena de equivalencia contribuye con la creación de sentido y cimienta las primeras bases para articular una nueva hegemonía política.

En Venezuela resulta urgente darle voz a las demandas de las grandes mayorías, las cuales han sido abandonadas a su suerte por las élites políticas en el poder. Pero no solamente habrá que otorgarles voz, sino hacer ver que son demandas legítimas que merecen ser atendidas. Y con ello, podremos ver el nacimiento de una nueva alternativa política: popular y democrática.