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Mar

Venezuela: Abundancia, Caribeo y Miseria

Si tuviéramos que idear un concepto para describir lo que ocurre en Venezuela, tendría que ser, sin lugar a dudas, una expresión particular del realismo mágico de Gabo. Una distopía increíble que mezcla abundancia, “caribeo” y miseria en una misma cotidianidad, obrando a veces de manera tan extraña que resulta difícil de creer sino se vive en carne propia.

Por la polisemia de esta realidad, hay que decir que esta mezcla conflictiva de situaciones no tiene una sola forma de expresión universal y universalizante, por tanto, la descripción que haremos a continuación es solo una más dentro del entramado mapa de la cotidianidad venezolana.

La Abundancia: cuando unos lloran otras venden pañuelos

Parte de la incomprensión foránea sobre Venezuela reside en lo paradigmático de la abundancia que todavía ostentan algunos sectores sociales en el país. En efecto, por más que el gobierno se esfuerce en imponer una retórica de guerra y la oposición un escenario de hambruna absoluta, hay sectores que transitan inmaculados por la crisis.

Cuando hablamos de “abundancia”, nos estamos refiriendo a un grupo social especialmente privilegiado, generalmente asociado a los círculos de poder y a la élite política y no, por supuesto, al trabajador que con gran esfuerzo se come un “perro caliente” en la quincena o se toma una cerveza con los compañeros de trabajo al finalizar el mes.

Cuando hablamos de “abundancia” tampoco nos referimos al trabajador senior que ingresa algunos dólares por internet o la familia que recibe treinta dólares en remesas mensuales. Al contrario, hacemos referencia a grupos sociales que pueden gastar miles de dólares al mes en un país donde la mayoría de la población se encuentra en situación de pobreza.

En este sentido, la estrategia de propaganda del gobierno y sus aliados mediáticos internacionales tiende a coincidir con una estrategia que durante años había sido del uso exclusivo de un sector de la oposición: intentar demostrar que la parte más beneficiada de la “plebs” representa la totalidad del “populus”. Cuyas expresiones más notorias –y patéticas- las vemos en la simpleza propagandista de “influencers” que muestran vídeos de farmacias llenas de refrescos.

Hay que decir que se trata de una estrategia acrítica, que no se problematiza en ningún momento el grado real de abastecimiento de los negocios y lo que resulta quizás más importante: el costo que implica sostener ese nivel de vida en comparación al golpeado salario de la clase trabajadora.

Sin embargo, tenemos que tener presente que se trata de una estrategia dirigida especialmente hacía un público extranjero. No se trata de una mentira en sentido estricto, ya que sí existen grupos sociales en Venezuela que no están ni cerca de pisar el fondo, pero tampoco se trata de una realidad generalizada en el país.

El Caribeo: entre el rechazo, el ímpetu popular y la romantización de la pobreza

Hablar de la “venezolanidad” sin hablar de la significancia en nuestra idiosincrasia de lo “popular” y lo “caribe” como expresión de ello, sería un análisis incompleto. Lo “popular” ha dejado marcas profundas en nuestra forma de ser y representarnos: en la literatura venezolana, en nuestra música, en nuestros platos típicos, en nuestro lenguaje y nuestra manera de relacionarnos.

Los sectores más acaudalados de la oposición siempre habían sentido un rechazo importante por los sectores populares y por la idiosincrasia que representan. Desde una versión “kitsch” de lo europeo, estos sectores seguidos por una clase media pujante gracias a la fantasía del consumo rentístico, catalogaban lo popular como de “marginal”, como una muestra de qué no hacer, con quién no relacionarse y qué sectores no visitar.

Hoy cuando el colapso del modelo rentista y el avance autocrático del gobierno desaparecen la ilusión de consumo y anulan las condiciones materiales de existencia de la población, estos sectores que anteriormente pertenecían a la clase media se han visto en la necesidad de recordar sus raíces.

Es decir, recordar parte de las prácticas cotidianas que ejercían sus padres cuando sus condiciones materiales no estaban plenamente satisfechas, lo que los hace sobrevivir a la crisis como durante años han sobrevivido los sectores populares y no precisamente gracias a las políticas asistencialistas del gobierno de turno.

No obstante, el drama para las grandes mayorías depauperadas del país, que hoy se ubican no solo en los campos y los sectores populares urbanos, sino a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, es que este retorno a lo “primitivo” que consiste en no tener servicios de agua potable o electricidad, cocinar con leña y atender enfermedades con yerbas y curanderos, contrario a ser la muestra del fracaso de un proyecto político en pleno siglo XXI, es visto como un logro por lo más anquilosado de un sector de la izquierda que romantiza la pobreza.

La miseria: el abandono total de las grandes mayorías

Lo que en su momento anunciamos como una paradoja del poder se empieza a hacer cada vez más evidente a los ojos del mundo. En Venezuela existe un colapso institucional total, que no necesariamente significa una pérdida de poder para el grupo que lo ostenta, aunque evidentemente el clima sea más inestable para todos los sectores.

Lo importante a destacar es que junto a las dos realidades previamente descritas, es decir, la abundancia de grupos privilegiados y el ímpetu de la sobrevivencia, que hemos denominado como “caribeo” y que mantiene la sabiduría popular en las calles del país, convive una miseria difícil de imaginar en un país que hasta hace muy pocos años gozó de grandes ingresos rentísticos.

Para dejar en claro a que nos referimos cuando decimos la palabra “miseria”, hablamos de un país con el 90% de la población en condición de pobreza; que viene de sufrir un apagón total de varios días; años de acceso irregular, cuando no de ausencia absoluta, del servicio de agua potable; niños que abandonan la escuela en edad escolar para ir a pedir dinero en la calle; ingesta reducida de carga calórica; reaparición de enfermedades anteriormente controladas; personas que en la capital del país acuden a aguas residuales para tener acceso al agua; un salario básico mensual de 6$; inflación anual de seis dígitos; hospitales sin insumos y farmacias sin medicinas; carencia de dinero en efectivo y falta de transporte público; y un larguísimo etcétera que no hace sino confirmar el colapso institucional que a traviesa el país.

El final de la crisis no es lo que se pensaba, pero la crisis existe

Quizás se ha malinterpretado el devenir de la crisis venezolana producto de la visión teológica de la historia que impregna nuestro imaginario no solo en la necesidad constante de un mesías salvador, sino en la convicción de que existe un “final de la historia” y que este “final” llega como hecho cumbre en forma de apocalipsis cristiano.

Y en la medida que esto no ocurre, o que mejor dicho, ocurre diariamente pero no tiene esa impronta imposible de “final de la historia”, en la medida que descubrimos que aún en estado de crisis podemos sobrevivir, en la medida que sobrevivir al estado de crisis se vuelve parte de la cotidianidad, en la medida que esa cotidianidad no sufre ningún cambio sustancial, se va poco a poco normalizando una situación totalmente anómica caracterizada por un colapso institucional sin precedentes.

En este sentido, si algo ha demostrado la crisis venezolana no es el avance de un grado de “conciencia superior” como lo quieren hacer ver de manera oportunista los encargados de la propaganda oficial en un tono de épica que choca abruptamente contra las condiciones materiales de las grandes mayorías. Al contrario, lo único que se ha demostrado es que como último recurso, el ser humano puede sobrevivir sin la intermediación directa del estado: en algunos casos de manera solidaria y en otros, en estado de naturaleza.

Tomar en cuenta esta multiplicidad de factores y diversidad de realidades complejas que se nos muestran en paralelo, nos permitirá entender la crisis a través de modelos “realmente existentes” del caso venezolano. Lo que nos lleva a concluir, que los posibles análisis prospectivos de la situación, tienen que incluir necesariamente el radical carácter pre-moderno que engloba la sociedad venezolana en la actualidad. No solo por las condiciones materiales “primitivas” a la que está sometida una parte importante de la población, sino por la ausencia o inefectividad casi total de las instituciones del Estado, la presencia de un régimen neopatrimonialista, el voluntarismo y las cualidades mágico-religiosas que se otorgan al devenir de las circunstancias.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 18/3/19