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Abr

El mundo paralelo del Gobierno paralelo

Venezuela transita desde hace algunos años en una severa crisis institucional, que en el orden político, a mediados del 2017, llevó al pronunciamiento de la “ruptura del hilo constitucional” por parte de la otrora Fiscal General de la República. Desde entonces, los venezolanos hemos asistido expectantes al mundo paralelo del gobierno paralelo.

Hoy la oposición venezolana cuenta con un Tribunal Supremo de Justicia en el exilio cada vez más desintegrado e inoperante, una Fiscal General en el exilio sin despacho ni legitimidad sobre el Ministerio Público, embajadores sin embajadas, un nuevo representante ante el Banco Interamericano de Desarrollo que no fue recibido por el país que promete estar al frente de la economía mundial en los próximos diez años, un Presidente Interino sin oficina en Miraflores y sin capacidad de mando sobre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Y más recientemente, una junta administradora ad-hoc de Petróleos de Venezuela, nuevos directivos de CITGO Holding y un nuevo representante ante la Organización de Estados Americanos.

Sin excepción, todos estos nuevos cargos paralelos a los oficiales del Estado venezolano representan única y exclusivamente títulos simbólicos, algunos de los cuales son medianamente trascendentes, puesto que reciben el reconocimiento de importantes actores globales o porque pretenden manejar carteras administrativas, pero muy poco efectivos en cuanto a la adquisición y manejo del poder real.

El ejercicio del poder

El poder, en términos sociológicos, se puede entender como la capacidad de imponer nuestra voluntad sobre otros. En el caso del Estado moderno democrático, el poder político es detentado por el gobierno de turno gracias a la legitimidad de origen dada a través del voto popular, y es efectivamente ejercido por el gobierno a través del monopolio de la violencia legítima del Estado sobre un territorio determinado.

Si somos objetivos, tendremos que decir que el gobierno paralelo que se viene construyendo en Venezuela desde el año 2017, no ejerce el poder político, no goza de legitimidad de origen para los cargos extraordinarios desempeñados y, aún menos, reclama para sí el monopolio de la violencia legítima del Estado sobre el territorio.

Una muestra clara de esto fue las dificultades que tuvo el enviado especial de los Estados Unidos para Venezuela, Elliot Abrams, para explicar en una rueda de prensa como el diputado Juan Guaidó, era un Presidente Interino que no ejercía el poder como presidente.

El monopolio de la violencia legitima

En efecto se puede argumentar que en la situación claramente extraordinaria del caso venezolano, el “monopolio de la violencia”, hoy se encuentra redistribuido en grupos irregulares ajenos a las fuerzas militares y policiales tradicionales, lo que impide que se pueda determinar a ciencia cierta a qué nivel de institucionalidad responden. No obstante, lo que es innegable, es que ni los grupos tradicionales ni los grupos irregulares que hoy detentan el monopolio de las armas en el país responden ante alguna de las nuevas autoridades paralelas nombradas por la oposición venezolana.

Esta situación no solamente impide en la concepción teórica más elemental la formación de un Estado, sino que además, ha impulsado a sectores de la dirigencia política de la oposición a confiar de manera desesperada en la aparición de ejércitos foráneos.

Con el aditivo que estos ejercidos parecen ser liderados por una administración errática que responde a sus propios intereses y que ha reiterado de manera pública que no está interesada en la incursión militar, pese a insistir por otros medios en que “todas las opciones se encuentran sobre la mesa”, en lo que parece más una estrategia de movilización de los votantes de cara a las elecciones presidenciales del próximo año en los Estados Unidos.

Pero si por un momento diéramos validez al mundo de fantasía del gobierno paralelo, con títulos simbólicos y con ejércitos prestados, tendríamos que obligatoriamente hacernos la siguiente pregunta: ¿Por qué una potencia política y militar que utiliza su propio ejército cedería el poder conquistado, a una élite periférica impotente por si misma de conquistarlo?

Un callejón sin salida

Tenemos que advertir que la tendencia de los nombramientos paralelos no parece detenerse, incluso ante la evidencia empírica de que no ejercen un poder real. En cambio nos encontramos en un escenario donde ante la incapacidad de la conquista del poder, los actores involucrados parece que se conformaron con obtener puestos y títulos de valor simbólico, que no hacen sino contribuir con la situación de “empate catastrófico” del conflicto político venezolano.

Quizás sea hora de preguntar ¿En qué momento la ficción empezó a primar sobre el principio de realidad? Es hora de que en Venezuela se retome el camino político democrático que garantiza aún en relaciones de conflicto, que el contrincante sea visto como adversario político y no como enemigo. Para esto, habrá que retomar la idea de generar una oferta creíble que dé garantías de una transición democrática donde sea el demos, como actor soberano, quien decida el futuro del país a través de elecciones convocadas por una renovada institucionalidad.

Es cierto que para lograr este objetivo la presión a través de diferentes mecanismos es vital, pero como medio y no como fin de la acción política. Lo contrario, no sería comprometer el poder del gobierno sino la existencia del Estado-nación tal como lo conocemos hoy en el país.

 

*Artículo publicado en la revista del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello: Politik UCAB el 16/04/19.