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Jun

Ganar elecciones en contextos autoritarios: caso Estambul

Las elecciones en Estambul son un hito en la historia política reciente en muchos sentidos, no solo por el resurgir de la socialdemocracia en un período de auge de populismos y autocracias alrededor del mundo, o porque un candidato de un partido laico le arrebatara el municipio más importante del país a la corriente islámica tras 25 años en el poder, sino también por la intención manifiesta de una alternativa política de plantarle cara a la cosmogonía de la “postpolítica”, a la resignación del porvenir y asumir con apostura la importancia de competir en la arena electoral incluso en condiciones desfavorables.

En este sentido, estamos seguros de que las elecciones en Estambul serán de amplio estudio para los investigadores y analistas de las ciencias políticas, no obstante, en nuestro caso, al analizar el caso turco no es nuestra intención tratar de realizar una oda al electoralismo, cuyo fin último es la realización de elecciones sin importar las condiciones de las mismas, como si la realización de elecciones sin importar los contextos fuesen por si mismas el triunfo de la democracia moderna.

En cambio, se trata de validar de manera pertinente las oportunidades reales que otorgan las elecciones en contextos autoritarios cuando la alternativa política al partido de Gobierno decide organizarse políticamente.

Elecciones no competitivas

Para que una elección sea considerada libre y verdaderamente democrática la literatura especializada indica que necesariamente se tendrán que cumplir una serie de requisitos, los cuales a modo de síntesis se pueden describir como el empoderamiento efectivo del candidato electo; la libertad de opciones electorales; la libertad de escogencia por parte de la ciudadanía; la igualdad de derechos en la participación ciudadana; la garantía de que todos los votos tengan el mismo peso; así como la garantía de que la elección tenga efectos decisivos, es decir, que los resultados efectivamente tengan consecuencias dentro de la configuración política del país.

En este sentido, para algunos autores esta cadena de elementos constitutivos de las elecciones democráticas no se trata de una suma de uno donde la resta de uno de los elementos disminuye el carácter democrático. En cambio, se trata de una multiplicación por uno, donde un solo cero o falencia del cumplimiento de uno de los elementos arrojará inmediatamente un cero final, y como consecuencia, una elección con graves fallas democráticas.

De cualquier modo esta caracterización se trata de un tipo ideal y en cuanto tal, en la experiencia real podremos encontrar ejemplos que se acercan más o menos a este horizonte ideal. No obstante, al ser violado de manera sistemática uno o varios de estos elementos, podemos dejar de hablar de un régimen democrático para comenzar a caracterizarlo como un “régimen híbrido”, un “autoritarismo competitivo” o un “régimen electoral autoritario”[1].

En este tipo de regímenes la característica principal es que si bien se pueden catalogar de regímenes autoritarios, en cuanto no cumplen los requisitos de las democracias plenas, a diferencia de las dictaduras cerradas existen espacios de participación para la oposición política. Aunque en efecto, estos espacios tienden a ser cooptados o manipulados con mayor o menor intensidad dependiendo de la naturaleza del régimen.

En la actualidad, regímenes políticos como la Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan o la Venezuela de Nicolás Maduro son ejemplos ideales de regímenes autoritarios competitivos o regímenes electorales autoritarios.

¿Por qué participar en elecciones en contextos autoritarios?

La evidencia empírica recabada de manera minuciosa por los teóricos de la política comparada hace ver que un gran número de transiciones políticas contemporáneas han estado acompañadas por la realización de elecciones. Y si bien cada caso resulta único según las características particulares del régimen político, las condiciones económicas del país, la idiosincrasia de su población y el grado de organización de la oposición política, existen algunos elementos generales que vale la pena destacar sobre las oportunidades de participar en elecciones en contextos autoritarios.

En primer lugar, hay que mencionar que las elecciones en contextos autoritarios tienen las características de un juego asimétrico. Por tanto, no se rigen por reglas de juego claramente establecidas y respetadas por todos los jugadores, sino fundamentalmente por relaciones de poder entre los mismos.

En este sentido, a diferencia de lo que ocurre en los autoritarismos cerrados caracterizados por la nula participación política de la oposición o la ausencia de elecciones y un sistema institucional fuerte controlado en su totalidad por las autoridades políticas; en los autoritarismos competitivos cada espacio de participación ciudadana así como las instituciones formales se convierten en un campo de batalla simbólico y real entre las fuerzas autoritarias y las alternativas democráticas. Un espacio de manipulación autoritaria, pero también de lucha democrática, en el cual si bien las reglas han sido creadas para favorecer el triunfo del partido de Gobierno no significa la imposibilidad del triunfo de las fuerzas de oposición.

¿Pero cómo es posible el triunfo de las fuerzas democráticas en elecciones cuyas reglas de juego son continuamente cambiadas para favorecer al partido de Gobierno?

A diferencia de lo que ocurre en los autoritarismos cerrados, los autoritarismos competitivos no constituyen regímenes hegemónicos. Una muestra de ello es que al aceptar la participación de la oposición política en elecciones el régimen admite indirectamente que no mantiene un monopolio sobre las visiones de país, del desarrollo económico o el bien común.

Asimismo, a diferencia de lo que ocurre con los autoritarismos cerrados, los autoritarismos competitivos mantienen intactas las fachadas institucionales de la democracia-liberal. De esta manera por más que las autoridades pretendan manipular continuamente el escenario electoral, los agentes del régimen aceptan que el único medio válido para acceder y permanecer en el poder es a través del apoyo ciudadano expresado a través del voto.

A su vez, al participar en elecciones los regímenes autoritarios se exponen abiertamente a problemas de agencia masivos, no solo en el sentido práctico en cuanto al control efectivo de los poderes delegados y la gran maquinaría movilizada para ganar la elección, sino también a nivel simbólico en cuanto a la legitimidad de las elecciones.

Si el Gobierno ejerce mucha presión o manipula de manera abierta las elecciones puede que los propios ciudadanos afectos al régimen consideren ilegitimas las prácticas y lo castiguen en las urnas. En cambio, si el Gobierno autoritario no manipula las condiciones electorales se expone a la pérdida del poder de manera aplastante ante las fuerzas democráticas organizadas.

Un ejemplo claro de lo anterior fue lo sucedido en las recientes elecciones de Estambul: en la primera oportunidad las fuerzas democráticas ganaron con un ajustado margen de apenas 14.000 votos para obtener menos del 1% de ventaja sobre su rival. Lo que llevo al partido del Gobierno a desconocer los resultados alegando fraude y exigir unas nuevas elecciones. Sin embargo, tras tres meses de una campaña agitada, la oposición decidió volver a participar de manera organizada aumentando el margen de victoria hasta acercarse considerablemente al 9%, siendo una diferencia de más de 750.000 votos a favor de las fuerzas contrarias al partido de Gobierno a pesar de que el aumento de la participación en las segundas elecciones fue de menos del 1%.

De esta manera se vuelve necesario destacar que los regímenes autoritarios competitivos si bien son menos vulnerables  que los regímenes democráticos, al realizar elecciones se encuentran más expuestos que los regímenes autoritarios hegemónicos. Por tanto, hay que tomar en consideración que cada espacio de participación ciudadana es un continuo campo de lucha entre las fuerzas autoritarias y las fuerzas democráticas que no puede ser abandonado.

 


[1] Para conocer más sobre estos conceptos se pueden leer los trabajos de Diamond (2004); Levitsky y Way (2004); y Schedler (2004, 2016);

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 27/06/19