21
Jul

Caracas: en busca de la esperanza perdida

Caminar las calles de Caracas genera en quien la recorre una “nostalgia de futuro”, si es que la nostalgia de futuro existe. Una nostalgia por lo que había, o quizás por lo que uno cree ahora que había, aunque en muchos casos en realidad no hubiera nada. De cualquier forma, igual uno se permite extrañar lo que en algún momento cree que fue, pero más que por lo que fue, la verdadera nostalgia es por lo que pudo haber sido, por el futuro que imaginábamos y no se realizó. La “nostalgia de futuro” no se trata de añorar la utopía todavía posible de este presente, porque en muchos casos creemos que no hay futuro posible, aunque en efecto, todos los futuros lo sean. Se trata más bien de la añoranza del futuro imposible de ese pasado, de lo que pudo ser y no fue.

Los nombres de edificios y locales comerciales narran, como si pudiesen hablarnos, esta cruda experiencia. Son una presunción de un pasado en apariencia grandilocuente venido a menos. Antes brillantes y vistosos, hoy oxidados, descoloridos y con carencia de alguna de sus letras.

El metro, otrora orgullo caraqueño por excelencia, no se queda atrás: aún funciona, como puede, obligado y por inercia, como un animal de carga que se dirige lenta pero inexorablemente a su muerte definitiva. Mientras tanto, su calor sofocante y la suciedad dantesca aprisionan a una población que va de capa caída, hombros abajo y mirada pérdida a quien sabe qué lugar. Es la mirada con rabia del pobre, del ser humano cuando se encuentra jodido, la mirada fiera que penetra, ataca y muestra un actitud agresiva si la cruzas, como si la fueses descubierto en un momento de intimidad y no llevando coñazos en un vagón sin aire. Pero esa agresividad en la mirada cotidiana no engaña, se sabe fingida. Es una mirada que en realidad exclama por un abrazo, una alegría, una esperanza, la necesidad de una buena noticia, de volver a creer en la utopía de un futuro mejor.