26
Ago

La reinvidicación de lo venezolano

Dentro de las distintas expresiones políticas de la dinámica nacional, existe una corriente que por lo ruidoso de sus formas se viene evitando abordar con la seriedad que amerita sus rasgos ontológicos. Se trata de una expresión que disfrazada detrás de la radicalidad de la construcción de identidades totales contra el chavismo, esconde un profundo desprecio hacia los venezolanos y la venezolanidad: hacia la gente de color, hacia el pobre, hacia la cultura popular; y en general: a cualquier expresión de identidad que no se enmarque en su construcción caricaturizada de lo que consideran las máximas de la cultura occidental, en especial, los patrones hegemónicos que la industria cultural nos muestra de los Estados Unidos.

Se trata de una élite política en perpetua decadencia, su nacimiento bastardo quedo para siempre inmortalizado en la prosa agresiva de Francisco Herrera Luque, quien narra a través de una historia fabulada el origen y los comportamientos mantuanos en sus célebres y polémicos textos. Esta élite, ya entrada en el siglo XX y con la consolidación del incipiente Estado moderno impulsado por el petróleo en el país, tampoco pudo cumplir el rol histórico asignado a la burguesía en el desarrollo de las fuerzas productivas, en cambio, desde muy temprano se dedicó a mantener un estatus ficticio de élite a costa de parasitar de la renta del Estado.

De esta forma, salvo contadas, aunque importantísimas excepciones -como el caso de algunos de nuestros próceres militares y civiles de la historia Republicana- esta élite ha ido de fracaso en fracaso haciendo gala de la más anquilosada reacción: caminan hacia adelante, pero solo como herencia pesada de la modernidad, como condición indiscutible de las leyes del tiempo; entonces, como no pueden evitar el avance de la historia, caminan, pero de espaldas, no para ver el sol naciente en el horizonte, sino para luchar perennemente contra el ocaso de su condición.

Hoy, entradas las dos primeras décadas del siglo XXI nos muestran su peor cara, o quizás la cara que siempre han tenido pero que antes era reservada a sus círculos privados mientras que hoy se expresan abiertamente en las redes sociales: ya no basta con la fantasía luddita del retorno al voto manual, ahora también nos hablan del voto censitario. Hoy culpan al pueblo de lo que ocurre en el país mientras hablan ahistóricamente de lo ocurrido en los últimos 20 años, como si 20 años se pudiesen resumir en una única fotografía, y como si anterior a eso Venezuela hubiese sido un paraíso y no un continuum de disputas dónde ellos, a través de un “grupo de notables”, se dedicaron de manera sistemática a darle hachazos al árbol moribundo del Pacto de Punto Fijo.

Porque si a ver vamos, algo sí queda claro: su rechazo a la expresión popular de la venezolanidad, no comenzó con los cambios huracanados de la historia nacional a finales de los años 90’, ya por esos años, mostraban el desprecio ocasionado por viejas rencillas contra aquellos muchachos que se atrevieron décadas antes a desafiar las transiciones positivistas del gomecismo. Por eso, ejemplos como los anteriormente expuestos abundan, lo que a su vez da muestra de un problema mayor: sí en el mejor de los casos esta élite aceptó la República como algo imposible de evitar, nunca han sido demócratas; aún hoy, creen en el orden y el progreso del gendarme necesario.

Por ello, quizás lo único verdaderamente memorable de este período histórico caracterizado por la decadencia definitiva de esta élite es ver cómo admiten públicamente ante el mundo su fracaso e indisposición de seguir intentando ser una clase dirigente: mejor que vengan otros a terminar de poner orden en este lodazal, y así aprovechamos y no solo extinguen al chavismo, sino que se lleven de una vez por todas a los insumisos pobres que no nos compran la estrategia de marketing barato donde intentamos imitar sus comportamientos cotidianos.

Claro que tal caricatura sería risible, si no fuese porque con tal de obtener lo que creen que les pertenece por derecho divino, no les importa si lo hacen en condición de colonia y sobre las cenizas de la República; cómo era siglos atrás, antes de que las ideas de la ilustración, la modernidad y la independencia, se sembrará en los coetáneos de sus antepasados.

Ahora bien, qué esta élite reaccionaria disfrace mus miserias detrás del escudo moral del antichavismo, no hace, por supuesto, que el Gobierno actual sea por defecto la representación exacta de nuestra identidad.

Si bien el chavismo naciente de finales de los años 90’ cabalgó sobre una cadena equivalencial de demandas insatisfechas; el descontento popular del caracazo; el rechazo del pueblo a los partidos políticos tradicionales; la simbología bolivariana; la insignia ideológica de lo nacional-popular; la democracia participativa e incluso la reivindicación del sujeto pobre como el sujeto histórico del proyecto político; hoy, 20 años después, poco o nada queda de aquella gesta popular que supo alcanzar el poder tras el agotamiento del modelo bipartidista de la segunda mitad del siglo XX.

La élite gobernante, a diferencia de la élite reaccionaria detrás de la oposición, no tiene un estatus familiar heredado que defender, en realidad, son exactamente lo contrario: son unos sujetos traidores a la clase trabajadora de la cual emergieron.

Hoy este grupo tiene el descaro y la desfachatez que producen las fortunas que se adquieren de la noche a la mañana mientras que administran el Estado como si se tratara de una finca personal. Las arengas antiimperialistas solo sirven para complacer a una izquierda pavloviana que reacciona alegremente cuando escucha algunas de estas consignas mientras un extrativismo predatorio destruye cualquier vestigio de soberanía popular.

Que los enemigos de la élite gobernante sea la élite representada en ciertos grupos opositores es algo puramente circunstancial: su verdadero enemigo es cualquier grupo que amenace su hegemonía, así sea que este emerja desde las bases de los que otrora eran su sujeto histórico.

En la Venezuela de hoy, las grandes mayorías depauperadas del país han quedado atrapadas en las discordias de estas dos élites políticas fracasadas que se disputan en una guerra sin cuartel el monopolio de la renta del Estado.

Por eso, las grandes mayorías exigen hoy una representación política que no solo sea capaz de solucionar la grave crisis económica que atraviesa el país, sino que, además, se identifique con sus expectativas y necesidades de vida.

Por tanto, no es hora de huir de nuestra idiosincrasia, de nuestro pueblo y sus formas de expresión para refugiarnos en el tutelaje de las grandes potencias extranjeras, al contrario, tenemos que ir a buscar las soluciones de la gente con la gente en la raíz de nuestra Venezuela profunda.