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Sep

La pulverización del salario de la clase trabajadora

Muy lejanos parecen aquellos días en que la propaganda oficial disfrazaba la pulverización del salario de la clase trabajadora con la tasa de cambio sobrevaluada argumentando que Venezuela continuaba teniendo uno de los salarios básicos más elevados del continente. Al contrario, hoy en día el tipo de cambio oficial muestra sin ningún velo como el salario mínimo de la clase trabajadora ha quedado por debajo del umbral de los 2$ mensuales, ubicándose así, sin lugar a dudas, como el peor salario del planeta.

En estas condiciones, resulta increíblemente complejo explicarle a un habitante de Colombia, por ejemplo, cómo se puede sobrevivir con 6.000 pesos mensuales o a un trabajador argentino como sobrevivir el mes con un salario de 150 pesos. Estos ejemplos se repetirían con igual asombro en todo el continente cuyos salarios básicos, con excepción de Cuba y Haití, promedian unos 300 dólares mensuales.

¿Cómo hace la clase trabajadora en Venezuela para sobrevivir con menos de 2$ mensuales?

Lo primero que hay que tener en consideración es que en Venezuela la gratuidad de la mayoría de los servicios hace que cualquier ingreso que reciba la clase trabajadora sea un ingreso “neto” el cual se dedica principalmente a la adquisición de algunos pocos alimentos por su cuenta o a través de las llamadas “cajas CLAP”, las cuales tienden a ser entregadas con claros tintes clientelares, y que de manera general cuentan con muy bajo nivel nutricional.

Asimismo, es importante destacar que la gratuidad de los servicios no implica que el problema de los bajos ingresos mensuales y su administración esté solucionado, mucho menos que la gratuidad de los servicios envista al gobierno de un carácter popular. En este caso se trata de una medida demagógica, realizada sin ningún tipo de control y sin mantenimiento o inversión de parte del Estado, lo que sumado al éxodo masivo de los cuadros técnicos de las empresas de servicios públicos, ha hecho que Venezuela atraviese la peor crisis institucional de su historia reciente, llevándonos a un deterioro inaudito de los servicios donde el agua y la electricidad puede fallar a nivel nacional de manera simultánea por varias horas, sin hablar de las poblaciones rurales donde estos servicios básicos se marcharon un día para no volver jamás.

Claro que, además, la reproducción de la vida no se limita a intentar medianamente cubrir la cesta básica alimentaria, y, por tanto, queda pendiente todo lo relacionado con reproducir sus condiciones materiales de vida y la de su familia, haciendo que la deserción escolar o el quebrantamiento del núcleo familiar producto de padres que migran y dejan solo a los hijos sea el día a día de una gran parte de la familia venezolana.

La desigualdad como bandera política

Una de las principales características del Gobierno de Venezuela y sus aliados, es el ser un oxímoron constante. Es decir, de manera continua comunican o realizan acciones que son exactamente lo contrario a lo que dicen ser, como, por ejemplo, crear un Ministerio del Poder Popular del Desarrollo Minero Ecológico mientras se avanza en un extractivismo predatorio sin precedentes; enaltecer mediante comunicado oficial al exdictador Robert Mugabe mientras se saluda solidariamente al pueblo zimbabuense; o en el caso del bienestar de los trabajadores, hacer de la desigualdad su principal bandera política, comunicando a través de una nómina de palangristas que Venezuela es prospera porque un reducido porcentaje de su población urbana todavía puede mantener cierto nivel de vida aun cuando el salario de la clase trabajadora sea de 2$ dólares mensuales.

En este sentido, la existencia de justificadores de oficios, pagos o no, trasciende el carácter clientelar del Gobierno o de la alienación de sus ejecutores para dar muestras de un escenario más complejo: el carácter totalmente antipopular del Gobierno venezolano que empuja a las grandes mayorías a relacionarse a través de un neoliberalismo desordenado, donde el Estado no es más que un espectro punitivo manejado con discrecionalidad política y que en la práctica, el “rebusque” y la “habilidad” hacen que el más fuerte sobreviva.

Cocadas y bodegones: el velo de la contracción del mercado

Con un salario de menos de 2$ mensuales sumado a la inexistencia del crédito bancario en el país, la clase trabajadora en Venezuela ha sufrido un shock violentísimo en el consumo, viéndose obligada por la fuerza de las circunstancias a dedicar la totalidad de sus ingresos exclusivamente a productos de primera necesidad, lo que ha hecho que los dueños de pequeños locales comerciales antes consagrados a la venta de electrodomésticos, zapatos u otras mercancías, hoy se vean obligados a “diversificar” sus productos vendiendo harinas, hortalizas o detergentes, es decir, que estamos en presencia de una “bodegización” de la economía nacional.

De esta manera, pese a la proliferación de venta de cocadas y bodegones de productos importados con altísimo sobreprecio y ventas realizada directamente en dólares, la realidad es que el PIB de Venezuela no aguanta ningún tipo de maquillaje y nos encontramos en presencia de una reducción salvaje de nuestra economía en los últimos años.

¿Estamos en presencia de un Estado fallido?

El concepto de Estado fallido tiende a ser polémico aún dentro de la literatura especializada por la polisemia que se le otorga a su significado. Sin embargo, a grandes rasgos podríamos decir que un Estado fallido es aquel que por su falta de capacidad o de voluntad no está en condiciones de garantizar la reproducción de la vida de su población. En este sentido, no exageramos si decimos que en la Venezuela actual no existe una sola institución del Estado que trabaje con normalidad y que pueda garantizar plenamente el bienestar de sus ciudadanos.

Al contrario, estamos en presencia de un Estado gigante, pero inoperante y deformado en sus funciones; un Estado que participa en todas las esferas de la vida social, pero a través de una institucionalidad perversa y patrimonialista, donde el fin de su participación no es el bienestar de la población sino el peculado de los altos funcionarios involucrados.

En este escenario, las grandes mayorías del país han quedado a la intemperie, a veces relacionándose a través de una importante solidaridad de clases y otras a través de un brutal estado de naturaleza, pero en todos los casos sobreviviendo por cuenta propia para intentar garantizar medianamente las condiciones materiales de su familia en un país donde el salario básico es de menos de 2$ mensuales.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 13/9/2019