23
Oct

El pueblo bárbaro

“Era la voz que venía sintiendo hacía tiempo, la voz del bárbaro que yo me empeñaba en destruir dentro de mí, proponiéndome la vida del civilizado”

Lorenzo Barquero en “Doña Bárbara”

La icónica novela de Rómulo Gallegos, escrita a mediados de 1927 con intención de ser publicada inicialmente bajo el título de La coronela, se esfuerza en describir de manera detallada los paisajes naturales y la bravura del llano venezolano; pero, además, esta novela nos muestra entre líneas las aspiraciones civilizatorias de su autor, cuyo estandarte en la obra, Santos Luzardo, se afana en combatir la barbarie representada en “La Dañera” del llano.

En este sentido, según la investigadora colombiana Martha Márquez, en sus estudios sobre la construcción del ideario de la nación venezolana, en la novela Doña Bárbara -apoyándose en los estudios de Coronil y Skurski (1991)-:

La terrateniente del llano, representaría la barbarie encarnada en los caudillos regionales que gobernaron Venezuela hasta 1935. Santos Luzardo, el abogado graduado de la Universidad Central de Venezuela que viaja al llano y se opone a la matrona, simbolizaría la civilización encarnada en las burguesías en ascenso que llegaron al poder en los años 30. Marisela, la hija mestiza de Doña Barbará, sería el pueblo degradado que Santos Luzardo educó y reivindicó con su amor. De esta manera, la nación venezolana se representaba como la comunidad que resultaba de la derrota de la barbarie a través de la alianza de las burguesías educadas de la ciudad y del pueblo explotado del llano. Desde esta perspectiva la nación es un cuerpo social civilizado que merecía el derecho a la participación política. (Marqués, 2012, p.130)

Si bien podemos guardar distancias en la concepción de Márquez del ascenso de una clase burguesa en Venezuela a partir de los años 30’, lo cierto es que esta idea de nación civilizada, moldeada por las élites políticas y la influencia del petróleo en nuestro país, se mantendría más o menos vigente, a pesar de sus continuas mutaciones, hasta entrados los años 80’, cuando el modelo rentístico empezó a mostrar sus primeros síntomas de agotamiento y, con ello, el renacimiento de un discurso que consideraba a la élite política como corrupta e irresponsable y al pueblo como una masa ociosa e improductiva, encandilada por la riqueza súbita de la renta petrolera.

Hasta qué punto esa imagen de nación civilizada siempre fue una ficción objetivada a través del brujo magnánimo del Estado mágico, como dijo José Ignacio Cabrujas, es un problema transversal de nuestra identidad nacional que aún sigue sin resolverse.

En todo caso, la crisis definitiva de esta idea de nación civilizada llegó con la irrupción popular de El Caracazo en febrero del año 1989, cuando todos los mitos fundacionales del período democrático de la Venezuela del siglo XX se ponían en entre dicho, momento en el que, según la investigación realizada por Coronil y Skurkski (1991): las élites políticas consideraron la represión como el vehículo predilecto para volver a contener la amenaza de un pueblo bárbaro que emergía de las barriadas populares.

Sobre ese descontento, pero también sobre esa identidad de “pueblo bárbaro”, que en realidad busca la identificación con el ser venezolano popular, se construiría la cadena equivalencial de demandas insatisfechas que se aglutinaron en torno a la figura de Hugo Chávez y el bolivarianismo, años después.

El investigador venezolano, Ociel López (2015) lo describe así:

El chavismo es un sujeto político que baila reguetón, ve telenovelas y vibra con solo recordar a Chávez. Reúne desde exadecos hasta exguerrilleros. El chavismo es el mismo sujeto que se rebeló a las élites y salió a saquear un 27 de febrero; que a su vez es el mismo que voto masivamente por Carlós Andrés Pérez antes que este tomara los derroteros del neoliberalismo. Y todo esto no es un “a pesar” (…) Irse detrás de Chávez implicó despachar el moderno modelo de partidos que se implementó en Venezuela desde el 58’, por ende, el chavismo es una ruptura con la modernidad política (…) Todo ello sin ningún complejo político. (p. 13-15).

Cuando el pueblo bárbaro es el pueblo venezolano

Recientemente hemos podido observar como en las experiencias de Chile y Ecuador las frustraciones de las expectativas de la población se han traducido en sendos estallidos sociales, cada uno con sus particularidades y dinámicas propias, pero ambos encontrando como principal válvula de escape los aumentos recientemente decretados –y posteriormente suspendidos- de los servicios.

En este sentido, nuestra intención no es profundizar en las motivaciones particulares que han generado las protestas en uno u otro caso, en cambio, nos interesa hacer notar como para un sector de la élite política venezolana, existe una continuidad en la animadversión hacía el ser popular venezolano desde la ruptura surgida en 1989 hasta nuestros días, motivo por el cual consideran a estos estallidos populares, no como una muestra de descontento social ante la desigualdad generada por un modelo económico que excluye de manera sistemática a las grandes mayorías de la población, menos aún como responsabilidad de los Gobiernos respectivos, sino como una nueva expresión de un pueblo bárbaro que hay que civilizar ante el contagio del ser venezolano popular.

Para comprender esto, hay que entender que en Venezuela este sector de la élite política, tras el velo de un radical anti-chavismo, en realidad esconde un desprecio profundo hacía los venezolanos y especialmente hacía la venezolanidad.

El resentimiento y la endofobia características de este grupo parecen pertenecer más al campo de estudios de la psiquiatría que al de la política, sin embargo, vale la pena adentrarse en cómo, tal desprecio hacia el pueblo venezolano no solo los hace caracterizarlo como bárbaro en su tierra natal, sino, además, como una amenaza regional a través de la migración masiva de venezolanos producto de la crisis nacional.

En este sector de la élite política venezolana se combinan distintos elementos en apariencia contradictorios: una interpretación manualesca y malintencionada del liberalismo, un eurocentrismo radical que se traduce en el menosprecio de la condición hispanoamericana en general y venezolana en particular, y un ensimismado parroquialismo en el análisis de la política regional.

El Caracazo, 1989 | Francisco “Frasso” Solorzano

A través de esta lente, han terminado por asumir que chavismo e identidad popular son lo mismo, sin entender que la segunda precede a la primera, y que, en todo caso, en la actualidad, poco o nada representa el Gobierno a las demandas populares de las grandes mayorías depauperadas.

Sin embargo, al fusionar ambas categorías han terminado por sentir el mismo desprecio tanto por el chavismo como corriente política, como por la identidad popular del venezolano. En otras palabras, la línea entre uno y otro significante han quedado totalmente borradas en su cosmogonía. Para ellos, el ser popular venezolano, junto a sus expresiones, aspiraciones, expectativas y carencias, es igual a chavismo. Y, por tanto, se merecen el mismo desprecio en su proceso de construcción de identidades totales contra aquel.

Pero, además, dado el excesivo parroquialismo en la construcción de tales identidades totales, más cercanas a la condición fascista que al liberalismo que dicen representar, el proceso de desprecio hacía la condición del ser popular venezolano se extiende por simple reflejo hacía cualquier sujeto popular del continente. En esta visión, todo sujeto popular en la región es, al igual que el sujeto popular venezolano, un sujeto chavista perteneciente a un pueblo bárbaro que ha de ser civilizado cuando no exterminado.

En las expresiones más radicales de sus elementos constitutivos, a estos sectores les es totalmente imposible asimilar en sus discursos que el resto de los países tienen sus propias dinámicas, avances y contradicciones en sus modelos; distintos rasgos culturales y distintas identidades. Bajo esta miopía, sí algún mal ocurre en estos territorios, los motivos no pueden ser otros que la expansión de la migración del sujeto popular, cuando no la orquestación directa del régimen político venezolano.

Por ello esta élite política, totalmente desconectada con la identidad de su pueblo, no intercede a favor de sus conciudadanos ante el aumento de las restricciones migratorias en los países que han denominado como aliados internacionales. Por el mismo motivo, aúpan la represión de los “pueblos bárbaros” de la región, difundiendo, con total alevosía, la matriz ficticia que las contradicciones generadas en el seno de la sociedad de estos países, no son más que la expansión del conflicto venezolano.

 


Referencias

  • Cabrujas, J. (1987). El Estado del disimulo. Entrevista realizada por el equipo de la revista Estado & Reforma.
  • Coronil, F. y Skursky, J. (1991). Dismembering the nation: the semantics of political violence in Venezuela. Comparitive studies in society and history. 33. No 2, 288-337.
  • Márquez, M. (2012). La reconstrucción de la nación y la lucha por la memoria histórica en Venezuela. Dialogo de saberes. No 36, 127-138.
  • Ociel, L. (2015). ¡Dale más gasolina! Chavismo, sifrinismo y burocracia. Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

 

*Artículo publicado en Revista Florencia el 23/10/2019