10
May

Regreso a Ítaca: inconformidad y desarraigo

En nosotros está tatuada la imagen del progreso como un proceso lineal y siempre ascendente, herencia del positivismo y del pensamiento moderno el cual la “sabiduría popular” ha sabido traducir de manera digerible a la folla con elocuentes frases como “chivo que se devuelve se desnuca” o “para atrás ni para coger impulso”.

Sin embargo, pese a todo ello, lo cierto es que hoy vemos como muchos de los migrantes venezolanos que hace un año o dos avanzaban caminando por la sierra de los Andes, sin más pertenencias que lo que llevaban encima mientras huían de una crisis económica, política y social agravada que aún no se ha resuelto, deciden volver a su tierra natal a sabiendas de todas las precariedades que puedan enfrentar a su paso.

Dicho esto ¿podríamos siquiera atrevernos a pensar que se trata de un retroceso?

Es cierto que, en la Odisea -mito hermoso que narra la vuelta de Ulises a casa tras la Guerra de Troya- el héroe pasa un sinfín de calamidades para arribar, diez años después de iniciado el regreso, a su tierra natal. No obstante, no menos cierto es que en el trayecto de tan intensa aventura Ulises tuvo la oportunidad de vivir un mes junto al rey Eolo en la mayor festividad; más allá, un año junto a la maga Circe en medio de danzas y banquetes; incluso ocho largos años junto a Calipso, una hermosa diosa que lo cuido y atendió con bondad: ofreciéndole vida eterna, sin enfermedad o vejez a la cual temer.

Aun así, el héroe griego insistió una y otra vez, a pesar de estar en la cúspide de lo que para algunos sería la felicidad, en regresar a Ítaca, su hogar, para volver a ver a Penélope y a Telémaco.

II

La historia de cada uno de los casi cinco millones de venezolanos que han salido en búsqueda de mejores oportunidades en los últimos años es diversa: no es igual el profesional becado en Harvard, al joven que ha caminado más de 5.000 km para llegar a Perú. Y aunque claro que la inconformidad generada por la extrañeza de vivir en un país ajeno al propio podría ser igual de intensa en unos y otros, no podríamos ignorar las diferencias existentes entre las condiciones materiales que residen en uno y otro caso; más, especialmente, el hecho de que el caminante ha decidido huir en la máxima precariedad. Lo que insinúa de manera evidente la situación misera en la que se encontraba antes de su partida.

Ahora, insistamos ¿por qué alguien que ha huido caminando decide volver al terruño que, muy a su pesar, lo había expulsado algunos meses antes? ¿por qué volver, además, nuevamente caminando, exponiéndose a los “Cíclopes” y “Sirenas” que abundan en el camino de regreso a “Ítaca”?

Los motivos son diversos: el primero de ellos, por supuesto, se debe a la imposibilidad de reproducir la vida en aquel lugar transitorio que nunca se atrevieron a llamar hogar. Imposibilidad exacerbada en medio de un evento extraordinario como la cuarentena masiva; la xenofobia creciente; la carencia de representación institucional estatal formal como proyección extraterritorial del conflicto político venezolano; el descubrimiento de lo real tras las falsas expectativas vendidas por las autoridades locales, amigos y familiares; el precario mercado laboral; en fin, toda la tragedia que el hombre pobre, migrante y venezolano, ha de soportar sobre sus hombros en tan amargas circunstancias.

A su vez, sumado a la precariedad material, se encuentra el desarraigo. Situación transversal que, como ocurre en la Odisea, no responde exclusivamente a la condición de crisis, sino que también ocurre en la condición de “prosperidad”. La cual, para algunos, no vale nada si no es compartida con los seres más amados.

Y es que, en Venezuela, nuestros migrantes no dejaron un tricolor y un himno nacional; dejaron la infancia, el primer amor, recuerdos con los amigos, lugares especiales, los abuelos vivos y los huesos de sus antepasados. Lejano recuerdo, cada vez más alejado y confuso para el que parte y tras de sí ha quemado todas las naves, pero cada vez más vivo para el que regresa o aspira regresar.

III

Hay quien no podría entender nunca porque Ulises abandonó la isla de Eea o como viviendo con Calipso se sentaba todas las tardes a llorar frente al mar. Más cuando aquellos placeres se presentaban como una solución definitiva a las tragedias que atravesada el héroe en su regreso a casa. En cualquier caso, para Ulises, poco importaba aquello ante la esperanza de volver a ver su tierra natal.

Claro está que, a diferencia del héroe, nuestros migrantes no regresan a una tierra donde serán monarcas. Al contrario, encontrarán en Venezuela las mismas precariedades que habían abandonado unos meses atrás.

Sin embargo, aunque el espacio físico sea el mismo, no será ya el mismo lugar; aunque sean ellos los que vuelven, no serán la misma persona que eran al momento de partir. Así, nuestros caminantes tendrán la posibilidad de descubrir -como lo señalará el poeta griego Konstantino Kavafis– que Ítaca es un destino, pero no es un lugar físico; por tanto, el final de este apasionante viaje no será Bogotá, Lima, Santiago o Caracas; aun así, al llegar, podremos permitirnos recordar las últimas líneas de tan hermoso poema:

“Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
Entenderás ya qué significan las Ítacas”

Ítaca, Kavafis.